Opinión
Sin dilema
De regreso a casa, de noche, casi a oscuras, me tropecé con una trinchera de cajas en la que, al fondo, sobresalía un gorro blanco de lana que, cual periscopio, subía y bajaba, oteando a los transeúntes. La del gorro era una mujer sin hogar, tirada en el suelo, al aullido del viento.
Hacia tanto frío que me acerqué a su fortaleza para hablarle de cualquier cosa e indagar si se encontraba pertrechada para la noche que le esperaba. «Pues la pasaré así como estoy, con mi ropa, sin manta ni colchón, ya no tengo derecho a albergue ni a pensión».
Esta señora si se queda aquí se me congela, pensé. ¿Y ahora, qué?, ¿ahora qué hago yo con ella a estas horas de la noche?, ¿la llevo a casa?, ¿le traigo unas mantas y un saco ?, ¿le busco una imposible pensión?, ¿llamo a la policía?
Por fin resolví mis dudas con una habitación que reservé en un hotel.
Ilusionada con la solución, regresé a su guarida dispuesta a llevármela, pero ya no estaba. Me dijo que me iba a esperar, pero ya no estaba. La llamé asomándome al parapeto de sus cajas y pertenencias: «Señora, señora». Pero ya no estaba. Al compás del viento cortante que iba tirando las cajas de una en una, me puse a buscarla por la plaza, por las cafeterías y por el subterráneo del parking, pero ya no estaba. Había desaparecido. ¿Qué habrá sido de ella? Sentí vergüenza del frío que tenía en mi cuerpo abrigado, del frío del que está caliente.
En el mundo hay millones de personas tan pobres o más que ella, pero ésta era la mía, la que me había tocado. Sin embargo, el destino, haciendo una pirueta en el aire, me dejó sin dilema y la arrastró por la noche.
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