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Opinión

El Consenso de Londres tras 250 años de ciencia económica

Se cumplen 250 años desde que Adam Smith publicó La Riqueza de las Naciones, considerado el primer libro moderno de economía y obra fundacional de la economía clásica. Así nació la economía como disciplina científica, por lo que en este 2026 la ciencia económica está de aniversario.

Cumplir dos siglos y medios no es poca cosa. Especialmente porque la ciencia económica ha podido ser testigo del período histórico de mayores cambios en demografía, tecnología o producción, entre otros. Y mientras la historia económica experimentó intensos cambios, también las ideas económicas evolucionaron y mutaron. Pasando por el pensamiento clásico, la revolución marginalista y neoclásica, el marxismo, el keynesianismo, los monetaristas, la escuela austríaca o el institucionalismo económico, entre otros enfoques, la ciencia económica experimentó diversas etapas, en ocasiones pendulares. Todas han contribuido, con mayor o menor acierto, al conocimiento económico y han generado ideas hasta el punto en que, como señaba Keynes, «los hombres prácticos, que se creen exentos de cualquier influencia intelectual, son usualmente esclavos de algún economista difunto».

Por una parte, la ciencia económica ha intentado conocer y explicar el funcionamiento de las economías, mientras por otra se ha dedicado a proponer recomendaciones para conseguir los objetivos económicos buscados. A la primera tarea la denominamos economía positiva, que pretende explicar «qué» es la economía, mientras a la segunda la llamamos economía normativa, pues aborda cómo «debería ser» la economía. Aunque la distinción entre economía normativa y positiva es, en la práctica, menos nítida de lo que parece, sí sabemos que es en la economía normativa donde se generan distintas propuestas de política económica y donde los debates y las discrepancias son a menudo superiores a los consensos.

El holandés Jan Tinbergen, premiado en 1969 con el primer premio Nobel de Economía, presentó la política económica como el uso de instrumentos (fiscales, monetarios o cambiarios) para alcanzar determinados objetivos de crecimiento, empleo o inflación, entre otros. Pero la complejidad y los debates de la política económica van mucho más allá de un enfoque tecnicista si incorporamos el papel de las ideologías y las instituciones, de los efectos distributivos con ganadores y perdedores, del paso del tiempo, de las coaliciones sociales y de cómo reaccionan a la política económica los agentes económicos. Por eso la política económica es también un «arte» en el que no es fácil acertar.

Siempre existen grados de libertad de los gobernantes para hacer una política económica u otra, por lo que elaborar recomendaciones de política económica puede ser útil, aunque no necesariamente se acierta. Así, en la década de los ochenta del siglo pasado, el Consenso de Washington recomendó políticas de disciplina fiscal, liberalización, privatización y desregulación para las economías latinoamericanas. Sin embargo, aquellas políticas de corte neoliberal no consiguieron funcionar adecuadamente en esos países. Aplicar medidas ortodoxas que funcionaban en países occidentales a países en vías de desarrollo no era una senda al éxito. Por eso, en 1998 el Banco Mundial propició el Consenso de Santiago de Chile, que planteaba reformas institucionales como requisito previo para una buena política económica. Así regresaba la importancia de las instituciones.

En un esfuerzo de revisión integral del Consenso de Washington, la London School of Economics propició en los últimos años repensar y replantear las ideas clave para la política económica del siglo XXI. Así emergió el Consenso de Londres, que incorpora la importancia del bienestar y la cohesión social, del desarrollo sostenible y de la lucha contra el cambio climático, de la resiliencia ante la incertidumbre y de la reducción de la volatilidad, y de configurar un Estado capaz de promover la prosperidad. Se trata de un enfoque actualizado, integrador y sólido para la política económica actual, estableciendo que «no hay buena economía sin buena política». De hecho, las instituciones políticas son clave para la existencia de mercados, para la formación de capital físico y humano y para el avance tecnológico. Así que cuando la ciencia económica cumple 250 años, el Consenso de Londres nos presenta las bases de la política económica para los tiempos complejos en que vivimos. Y de nuevo, la clave está en las instituciones.

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