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Opinión | Al lío

José Carneiro

José Carneiro

Subdirector de Faro de Vigo

Territorio patiamarillo: el paraíso de Cíes

Una gaviota patiamarilla, con las Cíes al fondo.

Una gaviota patiamarilla, con las Cíes al fondo. / MARTA G. BREA

Para narrar la siguiente escena necesitamos una buena banda sonora. Se me ocurren dos: la sintonía de El hombre y la tierra, la célebre serie de Félix Rodríguez de la Fuente, o, casi mejor, la Cabalgata de las Valquirias, de Wagner, popularizada por Apocalypse Now.

Y es que allí estaba yo este sábado con la family en la playa de Rodas —para The Guardian, la mejor del mundo—, diez años después de mi última visita a Cíes y en el estreno de los niños, tomándome una empanadilla del Yajoma cuando, desde los cielos y a traición, por mi espalda, irrumpió en escena una gaviota patiamarilla. Ni la vi venir.

En un picado digno de documental —o de maniobra militar—, y con una precisión de cirujano, me arrebató el bocado antes de que mi cerebro procesase lo que estaba ocurriendo y se retiró, victoriosa, a un lugar tranquilo donde dar buena cuenta del botín. Yo me quedé allí, congelado, como figurante en mi propio desastre.

Ni que decir tiene que medio arenal se rió con mi torpeza —¿a quién se le ocurre sacar comida en territorio patiamarillo?— y el otro medio me miró con desaprobación —hay que ser tonto—. Será que estoy falto de práctica o que las gaviotas de Cíes se han vuelto más listas con los años. «No dar de comer a los animales», nos dijeron nada más llegar a las islas. No hace falta: ya se lo procuran ellas solas.

Creo que por eso nunca me han gustado las gaviotas, ni siquiera Chiño del Celta, que para más inri es gafe —desde que lo presentaron no levantamos cabeza—. Son bichos agresivos —que se lo digan a Lara Graña, que grabó a una armada con una navaja en pleno Casco Vello—, oportunistas y muy listos. Doy fe.

Cualquiera lo diría viendo el ingenio de estas aves —capaces de calcular en décimas de segundo la trayectoria de una empanadilla—, pero lo cierto es que detrás de esa picaresca hay una realidad menos festiva. Porque, mientras afinan sus tácticas en la playa, su población lleva años retrocediendo en silencio. El censo de parejas reproductoras se ha desplomado: hoy quedan poco más de 1.400 en Cíes, frente a las 15.000 de hace apenas dos décadas. Y ahí es donde la anécdota pierde algo de gracia y empieza a exigirnos una reflexión.

Por lo demás, Cíes sigue siendo el paraíso que recordaba de niño. Cogimos el barco en A Laxe y una guía de Mar de Ons —nos trataron de lujo— nos acompañó gran parte del recorrido explicándonos el pasado y presente del archipiélago, las especies que lo habitan y el alto nivel de protección del que gozan. Si no recuerdo mal, nos contó que a un listillo que se atrevió a volar un dron sin permiso en el parque le cayó una multa de 200.000 euros. Protección que se extiende, por supuesto, a las gaviotas.

Hasta vimos un pulpo en el Lago dos Nenos, además de doncellas, sargos, queimacasas, camarones, muxos... Un recorrido didáctico en un paraíso en el corazón de la ría, con un tiempo inmejorable y apenas visitantes, por lo que por momentos nos sentimos como Robinson Crusoe en su isla desierta. ¿Qué más se le puede pedir a un sábado en familia?

Lástima de empanadilla. Aunque, bien pensado, lamento más el susto que el bocado perdido. Supongo que es una lección que aprendo con gusto. Porque al final uno va a Cíes a eso: a recordar que no somos dueños de nada, ni siquiera de la comida. Que el paraíso no es un decorado a nuestra medida, sino un equilibrio delicado donde cada especie —también esas ladronas con alas— juega su papel.

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