Opinión | Editorial
La Gala del Deporte de Vigo, una declaración de principios

XXVII Gran Gala do Deporte Vigo, celebrada en el Teatro Afundación. / Marta G. Brea
Hay compromisos que definen a un periódico, más cuando esa institución va camino de cumplir dos siglos de existencia. Defender la educación, promover la igualdad y respaldar el deporte no significan solo apoyar tres ámbitos esenciales de la vida pública, sino tomar partido por una determinada idea de sociedad: más justa, libre, solidaria, respetuosa, decente. En esa convicción se inscriben algunas de las iniciativas más valiosas impulsadas por FARO: Faro da Escola y Faro Educa, los encuentros de Mujeres Fuera de Serie, los premios Emilia Pardo Bazán y, de manera muy especial, la Gala do Deporte. No son actos aislados, sino expresiones de una misma voluntad cívica: situar en el centro aquellos valores que mejor sostienen la convivencia. Nuestros eventos sobre educación, igualdad y deporte, más allá de premiar y reconocer a personas particulares o a colectivos por sus indudables méritos, persiguen un objetivo más elevado: ayudar a forjar una verdadera sociedad del bienestar, crear comunidad.
La Gala do Deporte de Vigo no es una ceremonia más. Es la celebración pública de una forma de entender el esfuerzo, el mérito y la vida en común. Porque el deporte, contemplado en toda su dimensión, vale mucho más que un marcador, una medalla o un récord. Es disciplina, constancia, sacrificio, juego limpio, afán de superación y sentido de equipo. Es una escuela de carácter y, al mismo tiempo, una pedagogía cívica. El deporte nos recuerda que no hay logro verdadero sin trabajo, ni excelencia digna sin respeto a unas reglas compartidas. Ganar importa, pero cómo hacerlo mucho más. El respeto al adversario, la lucha noble y el saber perder deben ser consustanciales al deporte... y a la vida ciudadana.
Pocas combinaciones resultan tan fértiles y edificantes para una sociedad como la que forman educación, igualdad y deporte. La educación ensancha la libertad de los ciudadanos y les da criterio para discernir; la igualdad corrige exclusiones, afirma la dignidad compartida, fomenta el respeto al otro; el deporte enseña a competir sin degradar. Allí donde esos tres principios arraigan, la convivencia se fortalece y la democracia gana profundidad moral. El deporte es una fabulosa herramienta para construir una sociedad mejor. Una sociedad que fomenta, cuida, mima, respeta y financia el deporte —en sus más diversas variantes, pero empezando por la base y la cantera— va, sin duda, en la dirección correcta.
«El deporte nos recuerda que no hay logro verdadero sin trabajo, ni excelencia digna sin respeto a unas reglas compartidas. Ganar importa, pero cómo hacerlo mucho más»
Conviene subrayarlo en tiempos de estridencia y crispación, cuando demasiadas veces se confunde la fuerza con la razón, el abuso con la autoridad y la desmesura con el liderazgo. Frente al deterioro del espacio público, el deporte conserva una lección elemental, pero clave: la del mérito, la disciplina y el respeto. Frente a las pulsiones autoritarias, el valor de la norma. Frente al atajo y la trampa, el esfuerzo. Frente al desprecio del discrepante, la aceptación del otro como igual en dignidad y en derechos. Por eso reconocer a los deportistas trasciende el premio a un éxito puntual, supone afirmar una escala de valores que merece ser defendida. Hoy más que nunca.
Cada galardón remite a una historia de perseverancia. Detrás de cada nombre distinguido hay años de entrenamiento, renuncias, derrotas, aprendizajes y trabajo silencioso. Hay también familias, entrenadores, clubes y compañeros que sostienen trayectorias muchas veces discretas hasta que un triunfo las ilumina por un instante. Esa es una de las grandezas del deporte: hacer visible, aunque solo sea por una tarde —como la gala celebrada el pasado martes en el teatro Afundación— una suma de virtudes que se forjan lejos del foco y del elogio fácil. El premio a la paratleta Susana Rodríguez Gacio como mejor deportista de 2025 encarna de forma insuperable esa concepción del deporte como escuela de vida y de valores.
Vigo tiene razones sobradas para sentirse orgullosa de su deporte. La ciudad y su entorno han demostrado durante décadas una capacidad extraordinaria para formar talentos, acompañar trayectorias y proyectar nombres propios mucho más allá de su ámbito inmediato. Nada de eso es fruto de la casualidad. Es el resultado de una cultura del esfuerzo, de un tejido deportivo vivo y de una comunidad que ha entendido que apoyar a sus deportistas es también una forma de afirmarse a sí misma. Una sociedad que reconoce a quienes la representan desde el trabajo honesto y la superación no solo honra a sus mejores referentes: se reconoce en ellos.
También el periodismo tiene ahí una responsabilidad. Contar el deporte no es limitarse a consignar resultados. Es seguir trayectorias, descubrir promesas, acompañar trayectorias y conceder relieve a ese trabajo cotidiano que sostiene tanto al deporte de base como al de élite. Es construir memoria y dar relevancia a una realidad que ayuda a explicar el pulso de una ciudad. Cuando esa tarea se ejerce con constancia y convicción, el periodismo no solo informa: contribuye también a fortalecer una cultura cívica. FARO es perfectamente consciente de que juega un papel determinante en ello. Por eso le dedica cada año miles de páginas a glosar los esfuerzos, los desafíos, los éxitos y también las decepciones de nuestros jóvenes.
Nuestro empeño, que no tiene fecha de caducidad, vive su gran día en la Gala do Deporte de Vigo, que no se limita a la entrega de decenas de premios. FARO celebra una manera de entender la sociedad y de proyectarla. Allí donde se defienden la educación, la igualdad y el deporte, arraigan también la libertad, la convivencia y la esperanza. Reivindicar esos valores es una obligación cívica. Y reconocer públicamente a quienes los encarnan en su esfuerzo diario, casi siempre en silencio, convierte esta Gala en lo que verdaderamente es: una declaración de principios.
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