Opinión | Al lío

Subdirector de Faro de Vigo
Vigo se mueve diferente

Un conductor de patinete eléctrico tras salir del ascensor HALO. / MARTA G. BREA
Los vigueses empiezan a moverse diferente. Y no me refiero al perreo ni a los bailes que estén de moda hoy —que también—, sino a las nuevas formas de movilidad urbana. A ver, tampoco hay que autoengañarse: el coche sigue siendo el rey, pero las dos ruedas, a motor y a pedales, empiezan a hacerse un hueco. Lo mismo ocurre con los patinetes eléctricos o vehículos de movilidad personal (VMP). Y el bus está en boca de todos ahora que el Concello ha lanzado un nuevo concurso de transporte urbano para la Vitrasa del futuro —me pregunto si seguirá llamándose así si hay relevo en la concesionaria—. También tenemos Uber —operando en un limbo alegal, como hemos advertido mil y una veces—, servicios de alquiler de motos eléctricas y, en ciernes, como ha desvelado mi compañero Carlos Ponce, un carsharing de la mano de la gallega Mobify. Esto del carsharing, en román paladino, es un arriendo de coches en el que pagas por distancia recorrida (y/o uso), a través de una aplicación y sin necesidad de llave. La modernidad.
Vamos, que se multiplican las opciones para moverse por la ciudad. Y eso sin contar la metamorfosis que ha supuesto el programa Vigo Vertical, con sus rampas, escaleras mecánicas y ascensores —con el HALO como principal exponente—, y esos carriles bici que cruzan el casco urbano y el frente marítimo, impulsados por el Concello y el Puerto, respectivamente. Escasos, en mi opinión, para el potencial de este territorio con tanto aficionado al pedaleo, por mucho sambenito de las cuestas que nos quieran colgar. Como dijo —y quedó inmortalizado— Joan Laporta: «¡Que no estamos tan mal, hombre!». Eso sí, se echa en falta un programa municipal de alquiler de bicicletas como el que tienen otras ciudades, algunas no muy lejos de aquí, y que tan buen servicio presta a vecinos y, sobre todo, a los turistas que nos visitan. Un BiciVigo. Ahí lo dejo.
Vuelvo al principio: los vigueses empiezan a moverse diferente. Pero solo dentro de la propia ciudad. Y no porque no quieran, sino porque no les dejan. El aeropuerto está en mínimos, sin rutas internacionales y con un portafolio de destinos domésticos escaso, aunque consolidado —y aún hay quien sugiere especializarlo solo en negocios: ocurrencias o, peor aún, globos sonda peligrosos—; seguimos sin un AVE directo a Madrid que nos evite la vergüenza de tener que dar un rodeo por Santiago, y crecen las dudas sobre la viabilidad de la variante por Cerdedo pese a la presión del Concello; la Salida Sur ferroviaria hacia Oporto acumula retrasos; la AP-9 cuesta un ojo de la cara —esta Semana Santa, en ruta por A Coruña y la ría de Arousa, lo volví a comprobar en carne propia—; la A-55 sigue como hace treinta años, o peor, con accidentes día sí, día también, y con la solución —la futura autovía en túnel a Porriño— cada vez más lejos… ¿Sigo?
Vale, sigo.
Mientras dentro de la ciudad los vigueses empiezan a moverse de otra manera —con más patinetes, más bicis (aunque sigan siendo pocas), más bus, que ojalá mejore de verdad con el nuevo contrato que llega en 2026, y hasta con carsharing gallego a la vista—, fuera seguimos atados de pies y manos. Toca exigir que nos dejen movernos también hacia el mundo. Porque una ciudad que se transforma por dentro, pero sigue aislada por fuera, es una ciudad a medio gas. Y Vigo merece ir a toda máquina.
«Que no estamos tan mal, hombre…». No. Pero podríamos estar bastante mejor. Solo hace falta que alguien, de una vez, quite el freno de mano.
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