Opinión | El trasluz
Notas al margen
La memoria no se limita a lo que hemos vivido en esta biografía concreta, sino que contiene restos, sedimentos, de otras vidas posibles o imposibles

Una mosca reposa sobre el cristal de una ventana. / Shutterstock
No recuerdo haber sido insecto. Sin embargo, me identifico con el sufrimiento y la desesperación de la mosca que se golpea una y otra vez contra el cristal de la ventana. Comprendo su extrañeza, comparto su asombro, me solidarizo con su terquedad. Tampoco yo me rendiría. No recuerdo haber sido topo, pero he excavado, de algún modo misterioso, túneles quilométricos en la dura tierra, conozco el sabor de las raíces de los árboles. No recuerdo haber sido rata. Pese a ello, no me cuesta evocar el olor fétido de las alcantarillas como si hubiera pasado en ellas algunas temporadas. La memoria no se limita a lo que hemos vivido en esta biografía concreta, sino que contiene restos, sedimentos, de otras vidas posibles o imposibles. Hay días en los que camino por la calle y sé exactamente en qué punto de la acera se acumula el calor, dónde la sombra se vuelve más húmeda, en qué grietas hallaría refugio si me convirtiera en una lagartija. Ese conocimiento no lo he aprendido: lo llevo en el tuétano.
A veces me descubro mirando con desconfianza los espacios abiertos, como si en ellos acechara un peligro antiguo, anterior a cualquier experiencia personal. Otras, en cambio, siento una atracción irresistible por los bordes, por los límites: el filo de la mesa, el marco de la puerta, la línea exacta en la que el suelo deja de ser suelo y empieza otra cosa. Es ahí donde uno se transforma, donde algo de lo que fuimos -o de lo que pudimos haber sido- regresa con una intensidad inexplicable. He observado también que ciertas emociones no parecen mías del todo. El pánico súbito ante un ruido leve, la necesidad de huir sin saber de qué, la quietud extrema que a veces me invade, como si la inmovilidad fuera una forma de defensa.
No hemos sido insectos ni topos ni ratas, pero llevamos en nosotros una biblioteca de gestos y miedos ancestrales. Una enciclopedia secreta donde cada variedad del reino animal (y quizá del vegetal) ha dejado una nota a pie de página o al margen. Y cuando creemos actuar por cuenta propia, cuando pensamos que elegimos libremente, quizá no hacemos más que obedecer las instrucciones remotas de un pez muerto hace miles de años o de una especie extinguida antes de que fuera alumbrada aquella a la que pertenecemos.
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