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Mucho más que una firma
El análisis semanal del presente, pasado y futuro del deporte con Juan Carlos Álvarez

Newsletter de actualidad deportivo por Juan Carlos Álvarez
Leía esta mañana una entrevista a Uli Hoeness, presidente del Bayern de Múnich, en la que lejos de trazar metas en forma de títulos como correspondería a la inmensidad y la historia del gigante bávaro, definía el objetivo principal de su mandato de un modo que seguramente nos resulte muy familiar y que pocas veces se escucha salir de la boca de un dirigente como él. “Mi objetivo es crear una identidad, porque eso no se compra con dinero” proclamaba con seguridad germánica el hombre que como futbolista ganó un Mundial y tres Copas de Europa y que dirige el club rodeado de leyendas como él. Reconforta escucharlo de alguien como él, porque es justo eso. Las victorias importan, claro, pero mucho más la obra que se construye alrededor de ellas, porque eso es lo que va a sostener al club en el futuro, lo que lo va a diferenciar de aquellos que se lanzan en brazos de fondos de inversión o de empresarios oportunistas.
El Celta ganó el domingo en Valencia ante los ojos envidiosos de esa parroquia cansada de transitar el camino contrario al de los vigueses para apuntalar sus opciones de repetir en Europa e inyectarse de paso una dosis extra de energía en una semana donde esperan el Friburgo y su intensidad teutona como requisito previo para igualar la mejor participación europea de su historia, aquella semifinal de Old Trafford de 2017 por la que inexplicablemente ni Beauveu ni Guidetti han sido sentados delante de un juez. ¿Dónde está la justicia cuando se la necesita? Pues bien, más importante que el merecido triunfo en Mestalla ha sido la noticia de que Claudio Giráldez y el Celta encontraron un hueco, entre procesiones y pregones, para sentarse un rato a tomar un café y prolongar un año más su relación contractual. No es que esa firma cambie gran cosa en la vida del club o del técnico porque los contratos ya se sabe que se los lleva el viento dependiendo de las circunstancias. Lo sustancial es el mensaje que se manda, lo que rodea esa protocolaria firma en un papel y la foto en la que las sonrisas no cabían en la imagen. No hay fichaje, por atractivo que resulte, que transmita más que esta renovación. Salvo extrañas excepciones no hay futbolista que el aficionado medio intercambiase ahora mismo por Claudio.
En el momento más dulce de su historia, a punto de iniciar este mes y medio que agitará el estado de ánimo de los aficionados y después de asegurarse la etapa más larga de su historia en Primera División (dos generaciones de celtistas no han visto al equipo en Segunda), el Celta consolida su proyecto con la mejor receta posible y Claudio deja claro que aún tiene tarea por hacer en Vigo y que su obra está lejos de considerarse acabada. Esa es la parte más ilusionante de la película. Es evidente que el teléfono de su agente anda con la batería justa atendiendo las llamadas de quienes en las últimas semanas se han interesado por la situación del porriñés, un caramelo para aquellos clubes inmersos en la angustiosa búsqueda de entrenador. Lejos de hacerse el interesante y estirar un poco la cuerda, Claudio ha elegido robustecer sus lazos con el Celta y anclarse con más fuerza al club. No lo hubiera hecho de no haber detectado posibilidades de crecimiento (suyo y del club) y eso es lo que llega al ecosistema que vive a su alrededor. Transmite esperanza y confianza. La gente percibe que el futuro puede ser aún mejor, que el camino está trazado para los próximos años y que nadie tiene intención de desviarse de él. Ha costado mucho encontrarlo como para desnortarse de nuevo. El Celta, Claudio y Uli Hoeness lo tienen claro.
Un domingo en el infierno
No tengo tiempo para mucho más, pero al menos les traigo la historia irrepetible para que se entretengan si tienen un rato. Estamos en tiempo de “pedruscos”, de clásicas infernales sobre las que el ciclismo ha construido leyendas únicas. Ayer Pogacar nos regaló otro momento único que le acerca un poco más a Merckx. La próxima semana intentará una nueva heroicidad en Roubaix, en el único “monumento” que aún no ha ganado. Con esta excusa les traigo la historia de la edición de hace cincuenta años en la que un director danés rodó la que para muchos es la mejor película de ciclismo que nunca se ha rodado. La tituló “Un domingo en el infierno” y tuvo un inesperado protagonista.
Disfruten de la semana. Venga, de regalo va una recomendación de serie. “Cómo llegar al cielo desde Belfast”. Es una joyita de Lisa McGee sobre cuatro amigas irlandesas que recuerda en algunas cosas a la inmejorable “Derry Girls” de hace años. Diferente, auténtica. Nos reencontramos el lunes.
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