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Opinión | Editorial

Zona Franca, la palanca que impulsa Vigo y el sur de Galicia

Trabajadores junto a automóviles de Citroën Hispania y los almacenes de Zona Franca en el puerto, en 1958

Trabajadores junto a automóviles de Citroën Hispania y los almacenes de Zona Franca en el puerto, en 1958 / FDV

Hace casi ochenta años (1947) se inició una historia de éxito sin la que Vigo y Galicia no serían lo que son hoy. Nos referimos a la creación, entonces entre las calles Areal y Oporto, de la Zona Franca: un instrumento con el que, en plena autarquía franquista, se buscaba impulsar el comercio exterior y, como se demostró apenas una década después con Citroën Hispania —el germen de lo que hoy es Stellantis—, allanar la implantación de una industria que ayudase a modernizar y a transformar la economía gallega.

Que Vigo contase a mediados del siglo XX con un recinto aduanero con ventajas fiscales a la importación y la exportación de bienes fue crucial para arraigar la que hoy es la primera fábrica de automóviles de España, una de las primeras de Europa y líder indiscutible en el brazo industrial de Stellantis. De hecho, el Consorcio ha acompañado siempre a la factoría de Balaídos, siendo su principal cliente y fuente de ingresos; dos historias prestigio que tampoco se entenderían la una sin la otra.

Sin duda, 79 años después de que apareciese en el Boletín Oficial del Estado (BOE) la concesión a Vigo de la tercera zona franca del país (tras Barcelona y Cádiz), este ente que depende del Ministerio de Hacienda sigue apoyando la actividad empresarial en el sur de Galicia, desarrollando suelo industrial y comercial —todos sus polígonos, salvo la Plisan, compartida con el Puerto y la Xunta, están prácticamente llenos: Balaídos, Bouzas, A Granxa, Porto do Molle y el Parque Tecnológico y Logístico de Valadares— y participando en el accionariado de algunas compañías a través de su sociedad de capital riesgo, Vigo Activo.

Pero también impulsando de raíz el emprendimiento con iniciativas de reconocido valor —algunas en colaboración con instituciones autonómicas o estatales— como ViaGalicia, ViaExterior, la Business Factory Auto & Mobility, la High Tech Auto, o los viveros y centros de negocios de O Porriño y Nigrán, donde ha prendido una pujante industria aeronáutica y aeroespacial. Toda esta red de incubadoras y aceleradoras de start-ups convierten a la Zona Franca en una palanca de emprendimiento que complementa otras iniciativas como la propia Universidad de Vigo o los centros tecnológicos del motor (CTAG) o las telecomunicaciones (Gradiant).

Hoy dos proyectos marcan la agenda del Consorcio en rojo. Ambos, con el gigante español de la consultoría Indra involucrado. Por una parte, la puesta en marcha en Valadares de la primera planta de chips fotónicos de España, una tecnología vital en materia de seguridad y defensa, en la que Zona Franca participa a través de la sociedad Sparc, mano a mano con el Estado (a través de la SETT, la Sociedad Española para la Transformación Tecnológica), Indra y accionistas minoritarios. Una iniciativa que, según algunos analistas, podría llegar a suponer para Vigo un salto cualitativo y de evolución similar a la implantación de Citroën Hispania, en 1958.

Por otra, con la recuperación del antiguo complejo de informática de Caixanova en López Mora, que llevaba décadas cerrado y sin uso, para transformarlo en un hub de empresas TIC (VgoTIC Global HUB), con una incubadora de start-ups y donde Indra ha confirmado que establecerá un centro tecnológico de referencia nacional en materia de defensa y aeroespacial, donde ejercerán su función más de doscientos ingenieros y técnicos.

A estas se suman otros proyectos como la creación de un hub audiovisual en la ciudad, en fase de búsqueda de emplazamiento, pero con el que aspira a que Vigo lidere la producción de contenido audiovisual en el sur de Galicia —aprovechando el filón de los rodajes que vive la ciudad de la mano de la Vigo Film—; o la aspiración de incorporarse al patronato del Instituto Ferial de Vigo (Ifevi) para inyectar financiación y ampliar y modernizar el recinto de Cotogrande y anclar a ferias como Conxemar, que todos los años lamentan que el Ifevi se les queda pequeño.

Pero los tentáculos de Zona Franca trascienden la mera palanca económica. Después de una primera incursión en la transformación urbana del centro con «Abrir Vigo al Mar» en los años 90, en colaboración con Puerto y Concello —lo que permitió transformar parcialmente el frente marítimo con la construcción del túnel de Beiramar—, el Consorcio, en esta última etapa con David Regades, permanentemente alineado con el alcalde de Vigo, Abel Caballero, ha recuperado y revitalizado el papel de motor de la transformación urbana de la ciudad. Con múltiples frentes.

El primero fue el traslado de la sede de la Zona Franca desde Bouzas, liberando espacios para empresas en la terminal —ocupados en tiempo récord—, al antiguo edificio del Rectorado en Areal, reactivando el entorno y dando contenido a un inmueble en desuso. La citada recuperación del complejo de López Mora —ya en obras— y otras iniciativas como la del World Car Center, que finalmente se hará en el antiguo edificio administrativo de Stellantis en el polígono de Balaídos —y no en la parcela de Portanet en la que estaba proyectado, tras no llegar a un acuerdo con Augas de Galicia—, o la nueva sede de Down Vigo en el Casco Vello, buscan impulsar la faceta más social.

Otros ejemplos son la recuperación de la ETEA para relanzar el Campus do Mar, en alianza con el Concello y la Xunta, donde el Consorcio asume la mitad de la inversión y construirá un parking subterráneo; o La Panificadora, con la que Zona Franca y Ayuntamiento quieren recuperar un emblema del Vigo industrial para convertirla en un gran espacio dotacional y de uso ciudadano. Son otras formas de colaborar con la economía gallega y, a la vez, hacer ciudad, recuperando vestigios de otra época para convertirlos en espacios vivos, útiles, necesarios.

Zona Franca no es solo un instrumento fiscal ni un gestor de suelo industrial —aunque sus naves y parcelas dan cobijo a más de seiscientas empresas con 25.000 trabajadores—: es el gran catalizador de la modernidad en el sur de Galicia. Ha sabido evolucionar desde su origen en la autarquía hasta convertirse en un actor estratégico de la nueva economía del conocimiento. Pero su ambición no se agota en lo industrial o lo tecnológico. Al recuperar espacios emblemáticos y al impulsar dotaciones sociales y culturales, el Consorcio demuestra que hacer economía y hacer ciudad son dos caras de la misma moneda.

Durante muchos años la gestión de Zona Franca se limitó, por desgracia, a ahorrar y ahorrar, con una visión anacrónica y errada de que engordar la caja impidiendo que saliese un euro era el camino a seguir, cuando lo cierto es que invertir en proyectos, en apostar por jóvenes emprendedores, en dar soporte a nuevas ideas, en acompañar el talento son, sin duda, la mejor forma de recuperar, y con creces, el dinero invertido. La primera visión, felizmente erradicada, provocó una lamentable parálisis de la ciudad —que se tradujo en retroceso frente a otros territorios que no dejaron de moverse—; la segunda, la que hoy prevalece y la que debería mantenerse en el futuro, más allá de quién esté al frente, es la única que garantiza bienestar y progreso.

Ochenta años después de aquel decreto en el BOE, Vigo no sería Vigo —ni el sur de Galicia lo que es— sin esta institución que, lejos de anclarse en la nostalgia, mira al horizonte con la misma determinación que en 1947. Porque la historia de éxito no ha terminado. Y en ese tablero, entre la industria que sostiene el presente y la innovación que empuja el futuro, Vigo y Galicia tienen mucho que decir.

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