Opinión | Crónicas galantes
Lenguas que van a desaparecer
Una de las muchas curiosidades de la Unión Europea consiste en que su lengua de uso habitual sea el inglés. Desde que el Reino Unido dejó la UE, tan solo en Irlanda y en la minúscula República de Malta hablan de suyo ese idioma; pero se trata de una mera costumbre local. Ni siquiera original en el caso de los irlandeses, cuyo lenguaje propio sería más bien el minoritario gaélico.
En la práctica, que es lo que importa, lo normal es que la presidenta Ursula Von der Leyen se exprese en inglés a pesar de ser alemana. Lo mismo hacen, cuando quieren que los entiendan, los dirigentes de cualquiera de los veintisiete países que integran este selecto club de naciones desarrolladas. Salvo que no lo dominen, claro está.
Sobra decir que esto ocurre en todas partes. Del mismo modo que los romanos impusieron el latín a las tierras que iban conquistando, el moderno imperio americano expande su lengua -que ni siquiera es suya- al resto del mundo.
Bien lo sabemos aquí en España, lugar con escaso don de lenguas donde los chavales han sustituido el tradicional «tío» por «bro», que es término probablemente aprendido de ciertas subculturas urbanas de América.
No solo el vocabulario está siendo sutilmente penetrado por el inglés. También el esqueleto sintáctico del castellano sufre esa contaminación, hasta el punto de alumbrar el curioso spanglish que usan a diario los chavales y los que ya no lo son.
Hablamos, por ejemplo, de un tío -o bro- que se encuentra en el «sitio equivocado», como si los sitios pudiesen incurrir en el error. Con lo fácil que es decir que estaba donde no debía. También hemos caído en la creencia de que los edificios «colapsan» en lugar de derrumbarse; e incluso es frecuente oír que alguien «fue disparado» -como un hombre-bala del circo- en vez de recibir un tiro. No llegamos aún, cierto es, al extremo de sustituir el tradicional «me duele la cabeza» por el posesivo inglés «mi cabeza duele»; pero todo es cuestión de tiempo.
De momento, ya nos comunicamos por email, guasapeamos y hacemos spoilers de las películas que los demás no han visto. Ocupamos, además, puestos júnior o sénior en las empresas dirigidas por mánagers que diseñan el marketing y el merchandising según sea el target al que se dirigen.
Por más que creamos estar hablando en castellano -o en gallego, catalán o eusquera-, la dura realidad sugiere más bien que lo que usamos a diario es una variante dialectal del inglés de Norteamérica. Más o menos lo que ocurrió cuando el latín empezó a derivar en nuestras lenguas romances.
Es solo cuestión de unas cuantas generaciones que la Tierra pase a hablar inglés en sus distintas variantes: ya sea el spanglish, ya el franglish, ya cualquiera de las adaptaciones locales de la lengua del imperio. De esta incruenta invasión no se libra ni el chino mandarín.
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