Opinión | EDITORIAL
Las otras reconquistas pendientes

El personaje del alcalde Vázquez Varela, en el inicio de la Reconquista 2026. / Pedro Mina
Vigo está de fiesta. Hoy celebra el día grande de la Reconquista, una efeméride que conmemora el hito de la expulsión de las tropas napoleónicas en 1809. La espectacular escenificación en el corazón del Casco Vello es un homenaje a los héroes y las heroínas de un tiempo en el que el grito de libertad e independencia recorría todos los rincones de un pueblo unido por una causa. Hoy la Reconquista, con mayúscula, es una bella representación lúdica, una cita para el encuentro y disfrute ciudadanos. El material perfecto para selfis y vídeos que subir a las redes. Porque hoy no se ciernen graves amenazas sobre nuestra identidad o integridad —brutales violencias que sí padecen otros territorios, más cercanos de lo que creemos, como Ucrania o Gaza. Sin embargo, ‘reconquista’ no es una palabra que deba caer en desuso. Porque vivimos tiempos de reconquistas, con minúscula; de la necesaria lucha por causas, valores y derechos que están maltrechos o corren el riesgo de perecer si perseveramos en su ignorancia o desidia.
Entre los derechos más importantes que deberíamos reconquistar de forma urgente está el de la vivienda. El artículo 47 de la Constitución reza así: «Todos los españoles tienen el derecho a disfrutar de una vivienda digna y adecuada. Los poderes públicos promoverán las condiciones necesarias y establecerán las normas pertinentes para hacer efectivo este derecho, regulando la utilización del suelo de acuerdo con el interés general para impedir la especulación». Confrontar estas dos frases con la realidad produce sonrojo. Las administraciones y sus gobernantes —estos y sus predecesores— han incumplido sistemáticamente el mismo texto constitucional que dicen respetar, algunos incluso venerar. Es tan cierto que está habiendo movimientos y decisiones políticas para corregir el extraordinario déficit de viviendas —principalmente en la Xunta y en algunos concellos, como el de Vigo— como que las medidas son claramente insuficientes, se han tomado muy tarde y a remolque de una formidable indignación ciudadana, una peligrosa bomba de relojería social en manos de jóvenes que no soportan más su situación.
Si la Reconquista fue un acto de liberación, hoy los jóvenes gallegos claman por esa misma independencia, aherrojada no por un Ejército invasor, sino por la clamorosa ausencia de oferta, por la especulación —en ocasiones rayana en la usura— y por fenómenos nuevos, como la expansión salvaje de los pisos turísticos. La opresión no es militar ni procede del exterior, sino económica y de gestión política, y encuentra sus raíces en nuestra propia tierra. La Administración autonómica y alguna local, como decimos, han adquirido un compromiso ambicioso para recuperar el enorme tiempo perdido. Aunque un problema tan estructural no se resolverá en unos pocos años, cuanto antes se empiece a ponerle remedio más cerca estaremos de la solución.
Junto al derecho a la vivienda digna, se encuentran otros esenciales —pilares de una sociedad del bienestar— que necesitan un claro reforzamiento. Educación y sanidad públicas o dependencia demandan una atención especial. Es evidente que las necesidades son cada vez mayores y que los esfuerzos realizados hasta ahora son insatisfactorios. Las frecuentes reivindicaciones de los colectivos profesionales, las quejas ciudadanas y los datos, fríos pero inequívocos, así lo acreditan. Aunque, junto a la dotación de más y mejores recursos económicos y humanos, es imprescindible implementar procesos modernos y gestiones eficientes. No todo se arregla con la chequera pública. Los recursos son los que son, así que el quid es saber si se están optimizando con las herramientas adecuadas, en particular las tecnológicas.
Respecto a los valores que debemos reconquistar hay uno que apunta directamente a los medios de comunicación: el valor de la verdad. Vivimos horas de extrema confusión en las que lo que ocurre parece importar poco, porque algunas formidables voces pretenden imponer los llamados hechos alternativos, a todas luces inveraces, falsos, pero que ya forman parte de un relato que a fuerza de expandirse a través de las poderosas herramientas digitales —en particular las redes sociales— acaban imponiéndose.
Por eso hoy son más necesarios que nunca unos medios de comunicación, como el caso de FARO, que trabajen por y para los ciudadanos; que cuenten qué está pasando y cuáles son sus consecuencias; que ofrezcan contexto y análisis; que aporten opiniones expertas y juicios plurales; que ayuden a entender; que formen conciencias... Una sociedad que no cuida o simplemente renuncia a los medios periodísticos serios y profesionales está poniendo en riesgo su libertad e independencia, dejándose arrastrar por gigantes tecnológicos, sin conciencia ni compromisos sociales, sin ética ni principios, que solo responden a sus propios intereses —muchos tenebrosos cuando no abiertamente ilegales— y a sus cuentas de resultados.
La democracia es un éxito colectivo que exige un cuidado diario. Es un grave error darla por consolidada de por vida. Siempre hay riesgos y amenazas, y una de las formas más eficaces de afrontarlas es contando con un periodismo solvente, riguroso y responsable. Y esto solo se consigue con el trabajo de un excelente equipo de profesionales y el apoyo y la confianza de los lectores. FARO, por fortuna, cuenta con estas dos palancas desde hace 173 años. Pero es nuestra obligación sumar a las nuevas generaciones a este empeño colectivo; atraer a los más jóvenes con nuevos formatos y contenidos; enrolarlos para librar una pugna con las armas de la información y el conocimiento. Ellos son el presente y el futuro inmediato y están en sus manos darle continuidad a un estado de derecho libre, democrático, plural, garantista... Imperfecto, es cierto, pero que no tiene una alternativa mejor.
Y no nos olvidemos, finalmente, de la reconquista de los espacios de encuentro, de diálogo, de respeto, de escucha... Desafortunadamente vivimos tiempos turbios, oscuros. De polaridad, extremismos y descalificaciones. De trincheras. Ideológicas, como en el caso de la política nacional, pero también físicas, como ocurre en Ucrania, Gaza o Irán. La guerra nunca se había ido —siempre ha habido territorios, zonas o países en disputa bélica, aunque su distancia geográfica nos haya hecho olvidarlos–, pero hoy revive con cruel virulencia. Bombardeos, destrucción y muerte forman parte del menú diario de nuestras páginas. El ser humano —nuestros políticos y las sociedades que los aúpan y los alimentan— no asume sus errores, ignora con facilidad el pasado, olvida las lecciones aprendidas, desprecia la historia. Pero la historia está ahí y ella nos recuerda que determinados caminos solo conducen al abismo, al dolor y al caos. El poder de la palabra debe imponerse al estruendo de los cañones; el sentido común debe acallar la violencia del abusón; el respeto al derecho, vencer a la ley de la selva.
Vigo abrió en 1809 un tiempo de libertad. Salió a la calle y se enfrentó a un poderoso ejército para reconquistar su espacio e independencia. Hoy las batallas son otras, pero tan decisivas como las de entonces. El espíritu de la reconquista debe, pues, estar más vigente que nunca. Sigamos alerta.
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