Opinión | Al lío

Subdirector de Faro de Vigo
No es país para niños

Un parque infantil sin niños, en Vigo. / ALBA VILLAR
Trenes sin niños, hoteles sin niños, cafeterías sin niños, restaurantes sin niños, urbanizaciones sin niños… Cada vez hay más espacios y negocios libres de bebés, granujillas o preadolescentes que puedan incordiar, para que podamos disfrutar de la paz y el sosiego de la edad adulta. Hasta en la piscina municipal escucho cada vez más peticiones de usuarios sobre la urgencia de establecer franjas horarias sin menores —como si no bastase con todas las mañanas del curso escolar—, para que no nos molesten con sus gritos y chapoteos. También hay quienes se quejan de la invasión infantil en las plazas, en los parques y, en general, en toda clase de espectáculos. Niños NO, así, en mayúsculas. Porque, ¿quiénes se han creído que son? Ni que el mundo fuese suyo.
Sí, las familias con niños son —somos— unas apestadas. Una rara avis a la que conviene recordar cuál es su sitio en una sociedad envejecida que no quiere molestias pueriles. Hasta en las bibliotecas estamos mal vistas. Sin ir más lejos, hace unos meses, en la de mi pueblo, nos invitaron amablemente —nótese la ironía— a abandonar la zona acotada para lectura infantil, que ya está aislada del resto —en una planta diferente—, porque el pequeño, que por aquel entonces tenía dos años, no paraba de hablar y reír, contento por los libros que se iba a llevar para casa. Es solo un ejemplo. Podría escribir una enciclopedia por fascículos.
Luego nos sorprendemos de que en Galicia haya, por ejemplo, más del doble de perros que de niños, como bien nos recordó hace unos días Carmen Villar. Incluso hay más vacas que infantes. Y lo achacamos a la inestabilidad laboral, a los bajos salarios, a los precios desorbitados de la vivienda… que también. Pero no somos conscientes del estigma en que empieza a convertirse esto de ser niño. Que no te alquilen un piso por tener prole, que te prohíban el acceso a una cafetería por llevar un carrito de bebé —porque ocupa espacio y no consume, como publicó Carlos Ponce—, que veten la entrada a menores de 14 en algunos vagones de tren en aras del silencio… ¿Pero en qué locura absurda se está convirtiendo esta sociedad nuestra, en la que el futuro nos estorba?
Quitando la retranca y la exageración —marca de la casa: mea culpa— y aceptando que hay críos que son un verdadero coñazo —suele pasar cuando los padres no lo hacemos bien—, tenemos un problema. Rara es la semana en que no publiquemos informaciones sobre el desierto demográfico, la falta de relevo generacional, la fuga de talento… Galicia se está jugando literalmente su supervivencia porque molesta, ignorando que los que hoy protestan también han sido críos hace tiempo. Así que nada, sigamos poniendo carteles de «prohibido niños», ampliando espacios de silencio y celebrando lo bien que se está sin ellos. Total, para lo que van a durar… Cuando no quede ninguno que incordie, ni que ría, ni que llore, ni que pregunte, podremos por fin disfrutar de ese ideal tan anhelado: un país ordenado, tranquilo… y perfectamente vacío. Un país para viejos.
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