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Opinión | EDITORIAL

El absentismo, el agujero negro del mercado laboral

La industria manufacturera (que engloba a sectores tan diversos y críticos como automoción, siderurgia, alimentación, bebidas, cemento, materias primas o química) ha advertido que el absentismo está dañando su productividad.

La industria manufacturera (que engloba a sectores tan diversos y críticos como automoción, siderurgia, alimentación, bebidas, cemento, materias primas o química) ha advertido que el absentismo está dañando su productividad. / Laura Trives / EPA

Los datos son estremecedores. Galicia registra mil bajas laborales diarias. Entre enero y noviembre pasados se computaron más de 323.000 casos. La comunidad lidera el ranking de prevalencia, con 77 expedientes por cada mil trabajadores afiliados a la Seguridad Social (la media nacional se sitúa en 58), y es junto a Extremadura el territorio con una mayor duración de la ausencia laboral, con 78 días (en España cae a 43 días). Lo peor, porque lo hay, es que la tendencia nacional es de crecimiento descontrolado, mientras en Galicia es de ligerísima contención. El mercado laboral que ha experimentado una notable mejoría tanto desde el punto de vista cuantitativo como cualitativo (más empleo, mejor remunerado y con mayor estabilidad) tiene un inmenso agujero negro: el absentismo, un fenómeno al que este Gobierno no ha sabido, querido o podido ponerle freno.

El primer gran obstáculo para entender la raíz del problema se encuentra en la dificultad para discernir entre una incapacidad temporal (ITE) y el absentismo, diferenciar entre las causas objetivas que impiden acudir al puesto y los abusos que se pueden cometer para no hacerlo. Distinguir entre el ejercicio de un derecho y la comisión de un fraude. Las fronteras son con frecuencia difusas y esto alimenta las sospechas y ocasiona un enorme perjuicio sobre la actividad económica y la caja común: en 2025, España registró más de 9,2 millones de bajas, con un coste para la Seguridad Social de 33.000 millones.

En su último informe, la Autoridad Independiente de Responsabilidad Fiscal (AIReF) ha alertado de un problema estructural que el estallido de la pandemia aceleró. En Galicia, el número de bajas han crecido un 40% tras el coronavirus y su duración media también, con el consiguiente deterioro sobre las cuentas de las empresas y la Seguridad Social.

El retrato robot que ha hecho la AIReF del trabajador que solicita una baja apunta a un empleado reincidente, con contrato indefinido, empleado de una empresa de tamaño medio o grande y con un sueldo medio. Mujeres menores de 40 años y de la administración pública son otros dos rasgos predominantes. Los autónomos solicitan muchas menos bajas que los asalariados. Otro dato llamativo es el de las bajas por causas mentales, que se han disparado entre los menores de 35 años. Y, finalmente, los lunes son los días que más bajas se solicitan, el doble que, por ejemplo, los viernes.

«El primer gran obstáculo para entender la raíz del problema se encuentra en la dificultad para discernir entre una incapacidad temporal (ITE) y el absentismo, diferenciar entre las causas objetivas que impiden acudir al puesto y los abusos que se pueden cometer para no hacerlo»

La industria manufacturera (que engloba a sectores tan diversos y críticos como automoción, siderurgia, alimentación, bebidas, cemento, materias primas o química) ha advertido que el absentismo está dañando su productividad, complicando su organización interna (cambios de turnos, sobrecarga de trabajo...), limitando su capacidad operativa (alteración de la producción) y espantando proyectos e inversiones. Algunos portavoces empresariales han descrito la proliferación de las bajas laborales como «la nueva normalidad». Otros análisis apuntan a causas sociológicas más profundas: la pérdida de la «cultura del esfuerzo» entre los trabajadores, especialmente los más jóvenes. Además, critican que empresas estén alentando la solicitud de bajas, al rubricar convenios que cubren el 100% del salario desde el primer día de ausencia. Hay quienes contratan detectives para desenmascarar a empleados supuestamente abusadores. Y también, por citar un último caso, quienes pagan pluses salariales que gratifican la asistencia al trabajo. Como se ve, en la propia patronal existen formas muy diferentes de afrontar el fenómeno.

Los sindicatos, por su parte, replican que detrás del número creciente de incapacidades temporales no está el fraude del trabajador, sino condiciones laborales abusivas. En el caso de Galicia, habría también una relación directa con el envejecimiento de la población laboral. El colapso de la atención primaria y las listas de espera explicarían, también, la ralentización de diagnósticos y tratamientos. Sobre este punto, las empresas coinciden: el laberinto burocrático y el déficit de médicos e inspectores agravan el problema.

La realidad es que el Gobierno ha evitado el asunto durante años, poniendo el foco en incrementar el empleo y su calidad, y reforzar los derechos de los trabajadores. En ambos frentes, sus avances son evidentes. Ahora, con un mercado laboral más saneado, ya no tiene sentido retrasar más el abordaje del asunto. El anuncio de la creación de un Observatorio Estatal de Incapacidad Laboral solo puede entenderse como el germen de algo que debe ser mucho más ambicioso y valiente. Sus propuestas de dar altas progresivas o de compatibilizar la baja en un trabajo con el alta en otro (en el caso de los pluriempleados) son de escaso calado, con una afectación muy limitada y, por ello, fuegos de artificio.

No se trata, en absoluto, de desproteger al trabajador, reduciendo sus derechos legítimos, sino de conciliar esos derechos con los de los empleadores (por cierto, entre ellos la propia Administración pública, en donde los casos de bajas y absentismo adquieren proporciones escandalosas) de desarrollar su actividad sin contratiempos.

En las bajas laborales intervienen demasiados actores -Seguridad Social, centros de salud, inspección, mutuas, empresas...– que complican la gestión de las prestaciones. Es tan difícil como conveniente simplificar todas estas relaciones y hacerlas más eficientes. Como advierte la AIReF hay una clamorosa falta de control sobre este proceso.

Entre las medidas impostergables hay unas cuantas sobre las que existe un amplio consenso: mejorar la prevención de riesgos laborales, reforzar el papel de las mutuas, acelerar los tiempos de diagnóstico y seguimiento de cada caso, afinar los sistemas de control, fortalecer las inspecciones médicas (que deben ser más frecuentes y rigurosas y no al final del primer año de ausencia, como ocurre con frecuencia), prestar atención al clima laboral... El gran objetivo no puede ser pagar la baja desde el primer día, sino acelerar la vuelta al puesto del trabajador una vez se haya recuperado. Para ello es clave analizar las causas reales de esa ausencia y tratarlo en consecuencia.

El absentismo se ha convertido en el gran quebradero de cabeza de empresas y administraciones. Es tan evidente que no existen las recetas milagrosas como que en España —curiosamente junto a Portugal y Francia encabeza este nada honroso ranking— el problema ha adquirido una dimensión inasumible. Pero una cosa es admitir que el fenómeno es de gran complejidad y otra es seguir como hasta ahora: metiéndolo debajo de la alfombra como si algún día fuese a desaparecer por arte de magia.

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