Opinión
La misa de los perros
Hace dos meses, por razones que no vienen al caso, tuve que asistir a una misa. Me produjo tal aburrimiento que recé para desmayarme y acabar en el hospital, en cuidados intensivos. Pero no hubo suerte. Las misas están, en el fondo, para eso, para ir una vez y no tener que ir nunca más hasta tu funeral. Curiosamente, el otro día vi a Trump rodeado de pastores evangélicos en la Casa Blanca, rezando en una especie de misma frecuencia de onda, y el espectáculo me pareció divertido. O chistoso. Me hizo recordar, además, un episodio que me refirió hace ya unos cuantos años mi amigo Xosé Luis Fortes, que deambulaba por las vacías calles de Outeiro de Laxe (Allariz) cuando se topó con una pequeña ermita. Esta le provocó intriga, así que se sometió al instinto de todo ser humano cuando ve una puerta medio cerrada: entrar.
El bueno de Fortes quiso dilucidar si al otro lado había algo o más bien nada. Para su sorpresa, al fondo distinguió la figura de un hombre con casulla morada. El sacerdote misaba en soledad. Parecía jugar a la eucaristía como los niños juegan a las muñecas o a la play. Fortes se extrañó, pero enseguida también se sintió maravillado, pues al lado del sacerdote descubrió cinco perros tumbados, siguiendo la homilía, como si entendiesen. No había nadie más. Solo el sacerdote y los animales. A lo mejor sí que entendían. Al fin y al cabo, eran perros, no sandías, ni taquillones, ni baldosas. En adelante, mi amigo llamó a ese huidizo acontecimiento, en un gesto de laconismo y obviedad, «la misa de los perros». Fue una bella excepción al hastío que despiden casi siempre las misas. Su declive es imparable, si bien a veces ocurre algo extraño, o disparatado, que nos devuelve la esperanza en la diversión como forma de dar sentido a la vida.
Esta búsqueda del placer fue lo que llevó aún hace más años al periodista radiofónico Basilio Rogado a hacer uno de los mejores anuncios en la época que dirigía un programa musical, y que por un casual también condujo a una misa. Entre disco y disco Rogado acostumbraba a divulgar las actividades más sugestivas del fin de semana. Un sábado le pasaron una nota sobre la entronización en Toledo, al mediodía, del nuevo cardenal primado. El periodista tomó el papel y empezó a decir que, entre las «propuestas divertidas» para ese día, a las doce, en Toledo, «tienen ustedes un espectáculo…». Entonces se dio cuenta de que lo que venía a continuación no era propiamente un espectáculo. Y lo arregló a su manera, aclarando que se trataba de un «espectáculo tirando a religioso para los aficionados a la cristiandad».
Pero tal vez la ceremonia de la eucaristía sí sea un espectáculo. Y qué espectáculo, solo que desgastado por la repetición. Nada escapa al desgaste de la insistencia. Después de un número razonable de misas, estas empiezan a parecerse demasiado. Llega un día que puedes recitarlas casi de memoria. Se vuelven una especie de moviola de la anterior, que a su vez ya era una moviola de otra, y esta de otra. Así que a veces rezas para que aparezca un perro y la anime.
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