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Opinión

Lo que es morirse, oye

No hay como morirse para que te presten atención, Raúl, querido. Enfermo grave eres un incordio, pero una vez que pasas de pantalla vuelves de inmediato a la más rabiosa actualidad. A esto le llamo el efecto Labordeta, que alcanzó sus más altas cotas de popularidad cuando se armó de mochila y caminó hacia la luz. Parecía que despedíamos al más sensible trovador de todos los tiempos y hubo un empeño en demostrar en las redes sociales el dolor que uno sentía por la marcha de José Antonio.

Yo a Raúl del Pozo lo escuchaba en lo de Alsina leyendo más bien mal, que eso ya lo sabía él, y colgando el teléfono con brusquedad pretendida para dejar claro quien era. Como últimamente escribo esta columna con poca frecuencia, encontré en la pérdida de Del Pozo excusa para sentarme a la máquina. Pensé que es una tropelía no aprovechar al cien por cien el privilegio de disponer de semejante tribuna y me prometí volver a la periodicidad que merece, que no sé bien cuál es. Para algunos serán malas noticias y buenas para otros.

El caso es que a medida que pasan los años se le mueren a uno los héroes a razón de uno por semana, lo que por lógico no deja de ser menos preocupante. Es verdad que la media de edad para fallecer con corrección estadística ha ido subiendo de manera exponencial hasta hacer cierto lo de morirse de aburrimiento, que ya lo has visto todo y en muchos casos varias veces, que aquí ya estuviste y que estás de vuelta de tanto que se te agría el carácter. No es mi caso porque tampoco soy tan mayor y porque mi carácter agrio —fijo discontinuo— viene de joven. Me soplaron hace unos días que la clave está en aguantar diez años porque en ese plazo —y gracias a la inteligencia artificial— vamos a poder revertir una enfermedad hasta ahora incurable llamada vejez; cada año que cumplamos lo cumpliremos para atrás hasta algún límite supongo. Preveo efectos secundarios interesantes como verte con ciento ocho poniéndote de nuevo la ropa de tus cuarenta y quien sabe si peinando pelazo. Pero intuyo también peligros como llegar a una nueva adolescencia con ciento treinta años y crear así un monstruo con lo peor de cada edad, es decir, un tipo que cree que lo sabe todo pero —esta vez sí— sabiéndolo casi todo. Esto es casi seguro el principio del fin, la extinción, el apocalipsis provocado por nuestra propia creación. Los peores pronósticos anunciaban un holocausto nuclear, la pandemia definitiva o un planeta hiperpoblado, pero nadie podía sospechar que el viejo adolescente acechaba tras la tapia de la ciencia.

Apreciado Raúl, no aguantaste los diez años necesarios, y quien sabe si por suerte o por desgracia. Ya te iremos contando.

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