Opinión
J. Benito Fernández
Un periodista franco
Uno cubría la información de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo (UIMP) de Santander, para TVE en el verano de 1985. Y allí apareció Rogelio Martínez Bouzas, antiguo compañero de facultad, como responsable de prensa de la firma Adolfo Domínguez, porque el modista iba a dirigir el curso «Diseño y moda». Rogelio me presentó a una pareja recién llegada de Vigo, a bordo de un Volkswagen Golf descapotable de color blanco. Él llamó mi atención por ir tocado con un sombrero panamá y vestido de lino en tono crudo, como el Juan Valdez del anuncio cafetero. Ella, una mujer con determinación y moderna. Me parecieron salidos de una novela de Fitzgerald. Él era periodista de Faro de Vigo y ella regentaba una peluquería de referencia, por la que pasaban desde la conspicua diputada autonómica al pintor o el roquero más admirado de entonces. Eran Fernando Franco y Mara Costas, muy interesados en la modernidad. Ambos trabajaban para la revista Galicia Moda, dirigida por el gran publicitario Luis Carballo. Fernando llevaba las relaciones con la prensa y Mara la dirección estilística de los desfiles. Los dos muy queridos por los Carballo.
Tan bien lo pasamos aquellos días santanderinos en el Palacio de la Magdalena y aledaños que hicimos buenas migas. La pareja no dudó en invitarme a su casa en la parroquia viguesa de Cabral, donde vivían con sus hijos Iñaki y Xisela. Y cómo olvidar aquellas noches de venenos en El Manco, Gwendal, Siete Torres, Ruralex, La Kama, Vanitas Vanitatis o Kremlin. En aquellos garitos me presentó Fernando a los músicos Bibiano, Alberto Comesaña, Julián Hernández, Miguel Costas…
Luego llegó su divorcio de Mara, aunque siempre mantuvieron una relación cordial y afectiva. Y vinieron amantes, novias, nuevos matrimonios. Pasear con Fernando por Vigo era hacer un viacrucis. No había tramo en que no le parara alguien para saludarle, por lo que se hacía imposible mantener con él una conversación duradera. Cuando no hacía un alto para darle un euro a cualquier pedigüeño; lo conocían todos en la ciudad. Y siempre tenía una moneda para cada uno. Si tengo que ponerle un adjetivo a su actitud, es el de munificiente. Como heterodoxo. Fernando era lo más alejado del sectario, nada radical. Tenía amigos en todos los lugares. Cada vez que escribía de la regidora de Tomiño, Sandra González Álvarez, del BNG, la tildaba de «bella y brava alcaldesa».
Fernando se jactaba de no ser un intelectual. Y pese a todo, aceptó presentar mis libros biográficos sobre Rafael Sánchez Ferlosio y Leopoldo María Panero. Y los leyó. Como también leyó mi primera novela, Non creo en máis vida ca esta, recientemente publicada en gallego en traducción de Perfecto Conde, y la reseñó en este su periódico. Cada vez que quería información sobre el Baixo Miño para su meritoria columna «Mira Vigo», y yo andaba por aquí, me llamaba por teléfono para preguntarme. Desde Salamanca, a donde se marchó por amor, siempre arrancaba de este modo: «¿Qué pasa chaval?». El pasado día 8 hablamos por última vez, sin saber que no habría más. Tenía ganas de vivir. Pero a tus 75 años nos abandonas para siempre, Fernando. No me hagas llorar, chaval.
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