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Opinión

Jürgen Habermas

Hay cosas a las que no fui capaz de habituarme en mi vida, a pesar de haber sido un empedernido lector de periódicos. Nunca leí las esquelas, la más real de las noticias de la prensa. Por eso, le agradezco a mi amigo Guillermo Juan Morado que me haya informado de la muerte del pensador alemán Jürgen Habermas.

Es, sin duda, Habermas el más grande pensador de los tiempos recientes. Su obra Teoría de la acción comunicativa, publicada en los años ochenta, marca un antes y un después en la historia de la filosofía contemporánea. El pensamiento marxista de sus primeros años queda superado por el esfuerzo titánico que consagró a un pensamiento crítico que no se arredró ante el sinsentido de un mundo en permanente contradicción. Buscó sin desmayo en la realidad dialéctica de la vida moderna la luz que pudiera iluminar el sentido de la existencia.

Sin abandonar el agnosticismo, Habermas fue el pensador que no dudó en establecer un diálogo con el pensamiento cristiano en la procura del enriquecimiento común. Encontró en el papa Benedicto XVI el interlocutor ideal que siempre había buscado. Su gran obra final, Auch eine Geschichte der Philosophie, está consagrada a un magno discurso sobre la fe y el saber en la historia de Occidente.

Lo que hoy les quiero contar tiene más que ver con la persona que con la obra de Habermas. Es un recuerdo agradecido que siempre ha ido conmigo desde entonces y que cobra especial intensidad en este momento de su partida. Corría el año 1981 cuando llegaba yo a zambullirme en aquel mundo fascinante de la ciudad de Munich en el que la Iglesia Católica, presidida por el cardenal Ratzinger, gozaba de la general estima.

Al llegar a Munich me puse a estudiar alemán sin olvidarme de mis ocupaciones filosóficas. Habermas era ya entonces un pensador famoso. Era una de la grandes personalidades de aquella ciudad cosmopolita como director del Instituto Max Plank y acceder a él no era nada fácil, sobre todo para un incipiente conocedor de la lengua.

El pensamiento filosófico de Habermas era tan interesante como difícil de penetrar. Era ya entonces proverbial su zigzaguear discursivo y su rigor dialéctico. A mí me interesaba mucho su pensamiento y quería conocerlo. No tuve más opción que llamar a su despacho y pedirle una entrevista. Con su propia voz, me dijo que el próximo sábado a las diez me esperaba.

Acudí a aquel encuentro lleno de miedo, sobre todo por la torpeza de mi alemán primerizo. Habermas era una persona con un físico imponente, pero lo que más me impresionó de él fue su labio leporino que marcaba el rasgo esencial de su apariencia e influenciaba su locución. No me era fácil seguir su conversación y tuve el atrevimiento de pedirle si me permitía conectar un pequeño magnetofón que llevaba conmigo. Aquello no le gustó nada, pero inexplicablemente fue el resorte que rompió la frialdad de un encuentro que no estuvo exento de confidencias.

Me dijo que había venido expresamente para verme desde su casa de Starnberg See, donde murió, a unos veinticinco kilómetros de Munich. Y me explicó la razón de su disponibilidad para conmigo cuando me confesó que había quedado muy honrado por la invitación y la acogida de los Padres Jesuitas de la Facultad de Filosofía, la Hochschule für Philosophie München. Por aquel entonces Habermas era socialmente reconocido como un recio pensador marxista y el hecho de que los jesuitas le hubieran acogido con tanto calor y simpatía lo había desconcertado. Aún hoy sospecho que aquella impresión no se borraría en toda su vida.

Traje para mi casa la cinta registrada de aquella conversación para guardarla como pequeño tesoro. En mis múltiples cambios la cinta se perdió y todavía hoy la sigo buscando.

Habermas fue para mí un pensador único y un hombre sencillo, cordial y generoso. Descanse en Paz

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