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Opinión | Al lío

José Carneiro

José Carneiro

Subdirector de Faro de Vigo

Madonna y el Mundial

Cartel publicitario del Celta con la foto de Madonna y la elástica celeste.

Cartel publicitario del Celta con la foto de Madonna y la elástica celeste. / Alba Villar

Lo que ha hecho el Celta con Madonna y la búsqueda de la camiseta perdida que lució en su concierto de Balaídos allá por 1990 —que, por cierto, estaba a buen recaudo: en manos de la diva— estoy seguro de que acabará estudiándose en las facultades de Comunicación más pronto que tarde. Porque ha sido —en mi humilde opinión, profana en todo lo que rodea al universo celeste (para eso ya están los Álvarez y compañía)— una campaña perfecta en todas sus fases; espiritual, casi divina, como dice la propia Madonna en su inolvidable Like a Prayer. No sé quién es el ideólog@, pero se ha coronado. Gratitud.

El concierto no lo recuerdo —tenía 10 años—, pero sí que aquel tema rompió moldes y tabúes, generando casi tantos enemigos a la reina del pop como creyentes cuando se lanzó. El videoclip lo tengo más fresco: cruces en llamas, figuras de santos que cobran vida, dobles sentidos jugando con la fe religiosa y la atracción amorosa y sexual… Me pregunto si hoy algún artista se atrevería a una transgresión así sin miedo a represalias. Tal vez entonces había más libertad de expresión

Volviendo a Like a Prayer, la canción habla de cómo una relación o una persona puede sentirse tan poderosa y transformadora como una experiencia religiosa. Díganme si esto no es una analogía —y de las buenas— de lo que está consiguiendo este nuevo Celta de Marián Mouriño con el celtismo. Una legión de creyentes de todas las edades con su propio Mesías, de O Porriño; credo (ese himno de Oliveira dos Cen Anos que estremece hasta a los rivales) y templo (Balaídos). Y la sensación de que lo mejor está por llegar: que este Celta, tan acostumbrado a sufrir, no tiene límites; que puede aspirar a todo. «When you call my name, it's like a little prayer», dice Madonna.

A por el Mundial

En fin… sería deseable que este tipo de experiencias —que forjan comunidad, que nacen del orgullo, capaces de traspasar el Atlántico y captar la atención de la mismísima Madonna— fuesen tenidas en cuenta por la FIFA ahora que altos representantes de la federación han puesto rumbo a España para inspeccionar las posibles sedes para el Mundial de Fútbol de 2030. 

Sin volver a entrar en la injusticia que supuso la exclusión de Balaídos de la primera selección de campos —un tongazo—, en si el estadio —prácticamente renovado— cumple o no cumple los requisitos —tras la ampliación de Tribuna, los cumplirá todos—, ni en el ruido político que se ha generado alrededor, deberían fijarse los señores de la FIFA en todo lo que rodea al celtismo y en lo que es capaz de hacer.

Porque si Balaídos fue capaz de acoger, en pleno verano de 1990, a la Madonna más transgresora del planeta —la que prendía fuego a cruces y convertía la fe en deseo sin pedir permiso—, y 36 años después logra que la misma diva levante la mirada desde sus archivos personales para decir: «¡Esta camiseta sigue colgada aquí; la llevo y represento a vuestro club en espíritu!», entonces qué menos que ese mismo templo albergue un par de partidos del Mundial 2030.

Y no por nostalgia —que también—, ni por capricho localista, ni por la foto. Por lógica de ciudad y de fútbol. Porque hay estadios que cumplen medidas y hay estadios que, además, tienen alma. Y Balaídos, con sus cicatrices y su himno, con su gente y su liturgia, la tiene.

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