Opinión | Crónicas galantes
Guerras a bajo precio
Decía Napoleón que las estrategias para ganar una guerra se reducen a tres: dinero, dinero y dinero. Concedía el estratega corso que también es posible librar guerras más baratas, pero estas suelen perderse.
Puede que ya no sea así. Las batallas siguen siendo caras, por supuesto; pero la relación coste/beneficio del material empleado en ellas se ha abaratado considerablemente. Los avioncitos, barcos y submarinos sin tripulantes han reducido el gasto bélico, dándole así una oportunidad a los países menos pudientes.
Un dron que apenas cuesta un puñado de miles de euros puede abatir carísimos carros de combate y hasta hundir barcos de guerra cuya construcción costó años y millones. Lo ha hecho Ucrania para defenderse de Rusia; y las propias tropas de Putin emplean también esos modernos y económicos artefactos, porque tampoco el Kremlin va sobrado de presupuesto.
Incluso el ejército de Estados Unidos, al que dinero no le falta, ha pedido asesoramiento a Ucrania para derribar a bajo coste el enjambre de drones que los ayatolas disparan a voleo.
No es que las defensas de Trump no puedan tumbarlos, desde luego. El problema es que resulta poco sostenible abatir máquinas de guerra tan baratas mediante el uso de misiles que cuestan de cuatro millones de euros para arriba.
Sorprende que los americanos, tan rácanos con el líder ucraniano Zelensky, hayan tenido que pedirle ahora asesoramiento; pero todo tiene su lógica. Los ucranianos llevan cinco años luchando contra los drones Shahed de patente iraní que Rusia utiliza contra ellos. Y algo habrán aprendido.
A fuerza de enfrentarse a un enemigo muy superior, Ucrania ha desarrollado los mejores interceptores de drones del mundo, además de fabricar con gran éxito los suyos propios. En principio rudimentarios como un avión de juguete con motor de vespino, estos aparatos han adquirido complejidad y eficacia a medida que se les sumaba fibra óptica e inteligencia artificial. Ahora pueden programarse para tomar decisiones por su propia cuenta, lo que complica -y, sobre todo, abarata- el arte de la guerra.
Prueba su eficacia el dato de que la guerra ruso-ucraniana dure ya cinco años, cuando todo indicaba que terminaría en unas pocas semanas dada la desproporción de fuerzas entre uno y otro combatiente.
Las de ahora son guerras telemáticas que ni siquiera exigen la presencia de tropas sobre el suelo. Todo es un cruce de misiles y drones a los que se unen los tradicionales bombardeos aéreos. Parece una especie de teletrabajo aplicado a la milicia.
Lo realmente singular, sin embargo, es que hayan abaratado el coste de las batallas hasta el punto de ponerlo al alcance de los pobres. Una revolución que ni siquiera Napoleón pudo intuir cuando dijo que el único combustible necesario para la guerra es el dinero. Sigue haciendo falta, pero quizá no sea ya tan determinante.
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