Opinión
¿Ciudad oasis?

¿Ciudad oasis?
No puede fallar una entrega, ni una sola. El repartidor llega ante la puerta con el paquete, el vecino lo comprueba, lo recoge y lo comprueba de nuevo. Ante todo: eficacia. Fuera, en los cuarteles generales de distribución: misión cumplida. Dentro, en la vivienda acogedora: demanda satisfecha. Ni una sola palabra más que el saludo cortés y apresurado. Y sí, sí que funciona, sí que se generaliza cada vez más este modo online, puerta a puerta, de ¿vida urbana?
El viajero inquieto, nada más otear una ciudad en que perderse, busca destellos del Mercado antiguo. Si solo queda un vestigio nostálgico, ¡no se resigna, lo busca! Necesita pulsar el latido del intercambio de bienes, servicios, información, risas y olores; sentir la emoción y fiabilidad del roce humano. Paladear el fertilizante que reunió a los ciudadanos: el boca a boca. Ahora, en tiempos de digitalización, vaciamiento, desertización, ¿será este un valor imperecedero, irremplazable?
En Vigo, vigorizó la ciudad la yuxtaposición instintiva, desinhibida, de mercados: Ribera do Berbés, A Laxe, O Progreso, Bouzas, Calvario, Teis, Cabral, As Travesas. Un abono oportunísimo de cohesión social en un asentamiento difícil, de fácil dislocación territorial. Desde la Ribeira al Fragoso, pregonaron el boca a boca en un trajín arcoíris de productos del mar, la industria, la tierra. Puro bullicio. Sí, pura vida urbana.
El mercado (como institución) evolucionó con destreza interesada. Desde el mercado secular «extramuros», pasando por la reciente reinterpretación insustancial del centro comercial en el «extrarradio», hasta desembocar en el actual mercado online, ¿«extraurbano»? Este sobrenombre queda dando vueltas, sugerido por su condición desubicada, oscilante, suspensa. ¿Resistirá el boca a boca (un «ancien régime») al puerta a puerta (un recién llegado)?
Históricamente, el comercio callejero se orientó por la lógica; por el contrario, el comercio electrónico obedece a la logística. Lógica y logística no se oponen, pero tampoco son la misma cosa. No es lo mismo: el vaivén de la duda que los protocolos; la carga de cavilar que la mecanización de la vida; productor de bienestar que sirviente del consumo. Tal revolcón de métodos y valores pone a prueba la ciudad. Tomemos tres muestras de análisis.
Primera observación. Al tiempo que la web se hace más todopoderosa, la gran ciudad se torna más ávida. Si la web atrae, la ciudad atrae aún más. ¡Un embrujo! Parecería lógico que, a más trasiego online, más dilución física en la trama urbana. No obstante, la realidad corrobora justo lo contrario. Unas pocas metrópolis hurtan población de villas y pequeños municipios, vacían casas, llenan de vacío la estructura histórica del territorio.
Segunda observación. Al tiempo que el puerta a puerta se hace más omnipresente, en las calles más se vacían los bajos comerciales de los edificios residenciales. No fue hasta bien entrado el nuevo milenio cuando cundió la alarma de desertización del comercio de proximidad en las áreas centrales históricas y barrios periféricos. El boca a boca queda rehén de la ultra simplificación del comercio online.
Tercera observación. Al tiempo que el local comercial se vacía, la acera se llena. De sillas y mesas. ¡Nada igual!, apenas dejan un palmo de suelo al transeúnte. Se manejan como una «artwork». ¿Ocupación del espacio público? ¡Qué más da! Tolerancia. La ciudadanía no quiere renunciar a saborear la palabra, a estrechar la mano. Charlatanear es sustancial a la ciudad. De ahí, ¿nos devuelve la acera parte del boca a boca robado al mercado?
Hay grados tonales en las observaciones. Ciudades de tamaño medio, como Vigo, no crecen ni decrecen. Reajustan servicios y comercio. Algún detalle local de tendencias de uso en bajos: cuidado y estética corporal, taller-estudio, aula de aprendizaje, gestión, informática, mascotas, prácticas saludables, viviendas. El Auditorio Mar de Vigo no cuaja su proyectado basamento comercial (ahora, cambio de uso). Y un icono de permanencia: la banca no se mueve de las «4 esquinas» del cruce de Colón.
A veces, el mundo se torna fastidioso, trivial e insufrible, y de pronto —¡oh hechizo!— una resultante insospechada apunta a otra dirección. La sinrazón se convierte en razón. ¿Es ello posible? Quizá, sin crecer ni decrecer, sin vaciar ni ser vaciado, en cohabitación online y de acera, irrigando el boca a boca en medio de la aridez circundante. En medio de la arena. ¿Ciudad oasis? Tal vez, de tener éxito, sería el sobrenombre.
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