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Opinión

Las cosas claras

De la desclasificación del 23-F queda claro que el golpe de Tejero habría triunfado si el rey lo hubiera apoyado, y por eso mismo el general Armada quería ir a toda costa a la Zarzuela

Vivimos en un país de conspiranoicos, de gentes dispuestas a creer cualquier cosa con la condición de que sea increíble y así nos va. Javier Cercas acaba de decir que el gran secreto de los papeles ahora desvelados del golpe de Estado del 23-F es que no había secretos, como muchos ya sospechábamos. Y eso ha sido una enorme decepción para una extrema derecha añorante del franquismo, que fue la que desde el principio lanzó esos bulos porque estaba irritada con un rey que había salido demócrata. Y hoy también ha causado decepción en medios de la izquierda y secesionistas, que querían aprovechar la desclasificación para darle otra embestida al rey Juan Carlos y de paso a la Monarquía y a la Constitución que ella defiende. Y se han quedado todos con un palmo de narices. Yo me he alegrado al confirmar que el rey tuvo ese día un comportamiento decisivo al convertirse en el salvador de nuestra democracia cuando todavía era muy frágil. Porque de la desclasificación queda claro que el golpe de Tejero habría triunfado si el rey lo hubiera apoyado, y por eso mismo el general Armada quería ir a toda costa a la Zarzuela. La consecuencia es que por muchos errores que después haya cometido, el balance final del reinado de don Juan Carlos es muy positivo porque ha presidido los mejores cuarenta años de nuestra historia colectiva ¡en varios siglos!, y por eso, aunque su actual residencia en Abu Dabi no tenga nada que ver con el 23-F, soy de los que piensan que me gustaría verle de regreso en España. Porque es de bien nacidos ser agradecidos.

En relación con el 11-M también hay muchos bulos interesados, esta vez desde sectores próximos a la derecha más casposa, que siguen queriendo ver la mano de ETA en los atentados que volaron los trenes, cuando se sabe perfectamente todo lo que ocurrió aquel aciago día y quiénes llevaron a cabo el peor atentado terrorista de nuestra historia. Ha habido una Comisión Parlamentaria, un juicio, y un magnífico libro de Fernando Reinares («Matadlos») y, más modestamente, otro mío («Valió la pena») que han explicado con detalle lo entonces ocurrido, sin que les presten atención los conspiranoicos de turno. Como en cierta ocasión me respondió un conocido periodista al que yo afeaba que estuviera alimentando la teoría de la conspiración: «La verdad será cosa tuya, mi interés es vender periódicos». Es muy triste constatar que veinte años después hay quienes siguen convirtiendo conspiraciones inexistentes en algo rentable para sus intereses, contribuyen con entusiasmo al descrédito de las instituciones y dañan nuestra convivencia.

Claro que el Gobierno podría ayudar y el que tenemos es particularmente opaco a pesar de la desclasificación actual. Todavía no nos ha explicado por qué abandonó a los saharauis abrazando la autonomía que ofrece Marruecos y abandonando la autodeterminación del Sáhara que figuraba en su programa de investidura. Hay una carta al rey de Marruecos que don Pedro Sánchez se niega a enseñar al Congreso de los Diputados, que la ha pedido varias veces. La política exterior debe ser de Estado porque responde a los intereses de España, que no cambian cuando lo hace el titular de la Moncloa. Y si se quiere cambiarla, algo perfectamente legítimo, hay que explicar las razones que lo aconsejan. Por su parte, el ministro de Asuntos Exteriores, señor Albares, también escamotea a las Cortes el acuerdo con Londres sobre Gibraltar, que para mayor absurdo sí que discutirán los Parlamentos Europeo, británico y también los propios gibraltareños. Un desprecio al Congreso, que quizás se lo haya ganado con sus debates llenos de insultos barriobajeros. Tampoco fue transparente el Gobierno en el caso de las escuchas con Pegasus de los teléfonos móviles del presidente y de algunos ministros durante la crisis provocada por la asistencia médica en España, también de tapadillo, del líder del Frente Polisario. Nuestra actitud está a años luz de la indignada reacción de Macron con Marruecos y también con Israel al enfrentarse a una agresión similar. Es un silencio que a muchos parece incomprensible y sospechoso y que alimenta las interpretaciones más dispares, bulos que crecen cuando las cosas se ocultan para solaz de los conspiranoicos de turno, ingenuos unos e interesados otros. Pero nuestros políticos no se enteran y luego pasa lo que pasa. Para empezar deberían modernizar la Ley de Secretos Oficiales, que buena falta le hace.

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