Opinión | Editorial
El poder (y las amenazas) de la IA

Representación figurada de una IA / FdV
La Fundación del Español Urgente eligió ‘arancel’ como la palabra de 2025. El diccionario de Oxford optó por rage bait, que se podría traducir como ‘cebo de la ira’, un contenido en redes sociales que provoca indignación ciudadana. Pero seguro que entre las finalistas a llevarse este singular reconocimiento se encontraba ‘inteligencia artificial’ (IA). Porque pocas palabras ocupan hoy tanto nuestra conversación, privada, pública o profesional. El impacto de esta tecnología disruptiva se ha comparado con la máquina de vapor, la electricidad o internet. Una revolución imparable y nada silenciosa. Si solo estamos asistiendo a los albores de su potencialidad, es difícil pensar en dónde está el límite, si es que existe.
La impronta de la inteligencia artificial generativa se percibe en todos los ámbitos imaginables: del hogar del ciudadano anónimo a la economía de un país; de la escuela de una aldea a la más prestigiosa universidad; de la pyme más humilde a la más poderosa trasnacional. Nadie está al margen.
Sin embargo, tres son los espacios en los que la transformación será especialmente rápida y aguda: la economía, la educación y la relación entre el ciudadano y el poder. En los tres la IA ya es una herramienta imprescindible, de capacidades fabulosas, pero también en los tres la IA entraña notables amenazas. Y no son prejuicios propios de mentalidades analógicas. Un mapa de riesgos mundiales de la consultora Eurasian Group apunta a la política de EEUU (la ruleta trumpista), el conflicto Rusia-Ucrania o el déficit de agua como los principales peligros. Pero tras ellos aparece la inteligencia artificial y su asombrosa capacidad para «devorar» a sus usuarios.
Una de las repercusiones más potentes se dirige al mercado laboral. Porque la IA ofrece oportunidades, pero también destruye empleo. Mucho. Aquellas tareas repetitivas, sistemáticas, burocráticas... esas labores tienen un presente muy complicado y un futuro imposible. Se da la paradoja que, de momento, los sectores más damnificados por la implementación de la IA son los tecnológicos. Las big tech —Amazon, Apple, Alphabet, Microsoft, IBM, Nvidia o Beta— que superaron en 2025 los 1,85 billones de euros de facturación ya han despedido a decenas de miles de trabajadores, puestos ocupados por bots. Y esto es solo el principio. La consultora global McKenzie estima que en 2030 el 30% de las horas trabajadas en EEUU podrían automatizarse con chatbots.
ChatGPT, Grok y las nuevas herramientas que surjan dispararán la productividad de las empresas, liberarán mucho tiempo y obligarán a una profunda reestructuración de plantillas. Algunos cálculos apuntan que en la próxima década el 40% de las habilidades utilizadas hoy en el puesto de trabajo deberán cambiar. Urge una alfabetización en IA del mercado laboral, en el que las competencias digitales vayan de la mano de otras que alimenten el pensamiento crítico o la adaptabilidad a los nuevos contextos. El trabajador deberá aprender y reaprender. Reinventarse. Su vida laboral será una formación continua. Las empresas deben, siquiera por egoísmo, ofrecer a sus empleados la actualización de conocimientos, al tiempo que las administraciones tienen que imprimir un giro de 180 grados a sus programas de formación de empleo. Si no lo hacen, será dinero estragado.
Otro efecto colateral de la destrucción masiva de empleos es la instauración de un modelo de crecimiento económico más desequilibrado. Los analistas más pesimistas auguran que la clase pudiente será más rica, la clase media se depauperará y la baja sufrirá aún más penurias. Es lo que definen gráficamente como un modelo económico en forma de K.
Entre los sectores más amenazados por la IA se encuentran el industrial y el comercial. Las pequeñas y medianas empresas se hallan en la situación más vulnerable, un dato extremadamente relevante en el caso de la economía española, con el 98% de las empresas constituidas como pymes. En el caso de Galicia, la tasa llega al 99,9%.
Las ayudas fiscales y los programas de apoyo son vitales. No se trata de dar una ayuda económica para digitalizar empresas, sino de saber hacer un uso correcto, inteligente, productivo de esas herramientas tecnológicas. Elaborar una estrategia. Infojobs advierte que el 35% de los trabajadores españoles utiliza de forma asidua la IA, pero la mayoría de sus empresas no saca rendimiento de ese hábito. ¿De qué les sirve?
El nuevo mercado laboral demanda otros perfiles profesionales, muchos que hoy no existen y que, y esto es quizá lo más preocupante, no se están formando en las aulas. Nuestro sistema educativo es demasiado rígido, refractario a los cambios, carente de resiliencia. Un profesor hoy puede estar explicando los mismos contenidos y del mismo modo que hace veinte años. Su día a día está al margen de la IA cuando la IA está más que presente en la cotidianeidad de sus alumnos. Muchos chicos la emplean para trabajos y deberes, resúmenes, exámenes simulados o incluso para convertir lecciones en formatos de vídeos o pódcasts. Los estudiantes encuentran en la IA un tutor personal disponible las 24 horas. En este contexto, al docente le urge entender la IA como un aliado y no un enemigo. Algunos ya están recurriendo a ella para preparar clases o reducir sus tareas burocráticas. Ese es el camino. Quien se limite a suministrar información pasará a integrar el catálogo de especies en vía de extinción.
Y finalmente, pero no menos relevante, este nuevo paradigma debería traducirse en otro sistema de evaluación en el que aprendizaje y el pensamiento crítico roben el protagonismo a la tiranía de las notas. Obtener el título seguirá siendo importante, pero ya no bastará. Es preciso cerrar la brecha entre lo que se enseña en el aula y lo que la sociedad demanda. El desafío no es formar hiperespecialistas sino personas competentes, con valores, que sepan contextualizar, discernir, cuestionar, decidir. Porque con la IA, al igual que antes de ella, la persona seguirá siendo la clave de la bóveda. Aquellos que, entregados a un papanatismo tecnológico, defienden que los algoritmos serán el alfa y omega del progreso y el bienestar cometen el error de subestimar el factor humano.
Y la IA entraña otra amenaza si cabe superior, pues afecta a las siempre delicadas relaciones entre poder y ciudadanía. Porque, y esto es muy importante, la inteligencia artificial no tiene sentimientos ni ha sido entrenada en valores morales. Así, los chatbots pueden —ya lo están haciendo— manipular, intoxicar las conversaciones públicas. Incluso alterar las preferencias políticas de los votantes con contenidos fake o las llamadas alucinaciones (informaciones inventadas).
Llevada al extremo será un arma en las manos equivocadas. De ahí que la propia Unión Europea quiera construir un «escudo democrático». Primero multó a X (la antigua Twiter de Elon Musk) con 124 millones por engañar y ahora investiga a Grok, la herramienta de X, por crear imágenes sexualizadas de menores. Amparadas en una concepción perversa del derecho a la libertad de expresión, las compañías de Musk no entienden de límites morales ni legales. Y esta visión anarcolibertaria cada vez más en boga apunta al corazón de una ciudadanía libre y democrática.
El daño que puede causar una superinteligencia fuera de control es proporcional a sus capacidades: infinito. Sería el armageddon de una sociedad pensante, crítica, libre y con valores. Y, en consecuencia, la forja de ciudadanos dóciles, manipulables y encerrados en sí mismos; o, peor, habitantes de un mundo gobernado por chatbots. «La IA en manos de los gobiernos autocráticos acelerará su capacidad para controlar a la población y vigilarla», ha advertido Philippe Bolopian, director de Human Rights Watch. Es tan evidente que el peligro es mayor en regímenes dictatoriales, como que los democráticos no están inmunes. La tentación es demasiado golosa.
La IA no tiene vuelta atrás. Mirar para otro lado sería suicida. Tanto como rendirse a su seductor poder. En un mundo que corre el riesgo de convertir sus democracias en datocracias, los ciudadanos debemos entender y saber usar la herramienta sin caer en la tentación de pensar que estamos ante magia supraterrenal. Ni tampoco sucumbir a los trompeteros del Apocalipsis que presentan esta herramienta como un juguete diabólico.
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