Opinión
La cruzada medieval de la extrema derecha
Cuando hablamos de la Edad Media las imágenes de las cruzadas acuden a nuestra mente. La fascinación ultraconservadora por el período medieval en general y, en particular por las Cruzadas, es conocida desde hace tiempo, hasta el punto de inventar las cruzadas como un mito fundacional de la civilización europea. Durante el franquismo, al igual que en la Alemania nazi, las imágenes de las cruzadas eran blasones utilizados para alentar a futuros activistas para unirse a una gran «cruzada antibolchevique».
Más recientemente, la cruz de Jerusalén —el símbolo potenzado vinculado a los cruzados—, o los gritos de guerra medieval, se han convertido en símbolos alegóricos de la extrema derecha de nuestro país, así como en las manifestaciones ultras europeas o estadounidenses, para oponerse a aspiraciones populares de más justicia social, ante los fenómenos migratorios y también en concentraciones deportivas. El medievalismo ultra pretende romantizar otros tiempos promoviendo el ejemplo de un pasado mítico, a la vez que restaura los escudos de armas de las cruzadas medievales presentándolas como legítimas, e incluso con propuestas para defender un mundo occidental amenazado por enemigos expansionistas.
La extrema derecha instrumentaliza la lejana Edad Media como vivero de inspiración de fantasías ideológicas y la reaparición de formas y contenidos neofascistas. La apropiación política de la Edad Media al servicio de los programas ultras, además de ignorar la complejidad de los conflictos históricos, pretende simplificar problemas complejos de la sociedad actual e imponer una visión militarista y medieval de la identidad nacional y europea. La cruzada medieval de la extrema derecha revaloriza el mito de la fuerza guerrera en sus cabalgadas urbanas, incluso en sus asaltos a Congresos, en contraste con una visión de la modernidad democrática que consideran decadente.
Estos grupos suele idealizar las cruzadas, presentándolas como una defensa heroica de una civilización europea de valores identitarios —y con frecuencia antieuropeístas—, contra los procesos democráticos y el progreso social; y por cierto, muy de acuerdo con la voluntad de ciertas multinacionales y el mundo de las finanzas para liberarse de las regulaciones estatales y la disminución del apoyo público a las políticas redistributivas.
Este apego al período medieval en general y a las cruzadas en particular se reconfigura hoy en internet, especialmente en las redes sociales, donde se utilizan las cruzadas de religión como una piedra angular de un discurso que mezcla el racismo, la masculinización extrema y el desarrollo personal. Aquella religión que persiguió a la ciencia durante siglos, no se imaginaba la llegada de un dios digital con una religión numérica, capaz de transferir la mente humana a las computadoras, construir un cuerpo robotizado y hablar de la inmortalidad de un robot humanoide que se mueve a través de un algoritmo sagrado. La doctrina de este consumismo tecnorreligioso justifica medidas políticas ultra radicales. Y así, todo lo que obstaculice los dominios de su poder debe desaparecer: procesos democráticos, aspiraciones de más justicia social, protección del medio ambiente, el motor laboral de la migración…
Además, la ultraderecha medieval utiliza la inteligencia artificial como trampolín para seducir a los jóvenes con escenarios ficticios. Los resultados electorales de la extrema derecha mundial son en buena medida consecuencia de la dependencia digital, cuyo activismo prospera utilizando esta tecnorreligión como arma de influencia ideológica. En fin, en medio de la agitación de la derecha y ultraderecha por la conquista del poder, vivimos tiempos en los que se ha difuminado la frontera entre la derecha tradicional y la extrema derecha y la ampliación de los horizontes medievales.
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