Opinión | Al lío

Subdirector de Faro de Vigo
Edadismo y jovenismo: la doble discriminación que sufre la sociedad gallega

Dos gallegas de edad avanzada, paseando por una calle de Ourense. / Iñaki Osorio
A medida que uno se hace mayor empieza a leer con más detenimiento noticias como la que abría el periódico este martes, firmada por mi colega Paula Pérez: «Casi la mitad de los gallegos de más de 65 años admiten sentirse ignorados por su edad». Es el fenómeno que han bautizado como edadismo, del que mucho sabe nuestro colaborador Xaime Fandiño —que fue mi decano, pero él no lo recuerda, y yo, a medias—, que incluso ha impulsado una cátedra en la UVigo para el estudio de esta mala práctica y el impacto tremendamente negativo que tiene en una población que, conviene recordarlo, está muy envejecida. De hecho, uno de cada cuatro gallegos está jubilado o en la rampa de salida.
El mundo avanza a tal velocidad que ya a los de mediana edad nos cuesta actualizarnos y corremos el riesgo de quedarnos obsoletos —si es que eso es posible en un ser humano—. Lo de Galicia es un contrasentido: no contamos con nuestros mayores y, sin embargo, son mayoría. Lo veo con mi padre cuando toca acompañarlo al banco a actualizar su cartilla —los centennials no sabrán qué es eso; incluso alguno no sabrá que las entidades financieras tienen oficinas físicas, cada vez menos, como nos relató hace poco Julio Pérez— o a retirar efectivo del cajero automático. Para él es ciencia ficción. Tampoco —todo hay que decirlo— nunca se interesó por aprender.
La información de Paula lo cuenta muy bien. Nuestros mayores se sienten desplazados, ninguneados, maltratados… Y no se lo inventa: los datos salen de un estudio del Observatorio Galego de Dinamización Demográfica, que alerta de que no nos estamos tomando demasiado en serio este fenómeno del que se extrae que uno de cada tres gallegos en edad de retirada denuncia haber sido objeto de burlas por su edad. Me imagino lo peor: las faltas de respeto, las risitas, la prisa convertida en desprecio. Mal va una sociedad que trata con condescendencia a quien la sostuvo, una sociedad en la que parece que los mayores solo importan cuando toca ir a votar.
Ahora bien, con la perspectiva que da estar a medio camino entre la juventud y el selecto club de los silver —no me lo creo ni yo—, toca reconocer que los chavales no lo tienen mejor. Es lo que se denomina edadismo inverso: la discriminación laboral o social basada en la edad que afecta a los trabajadores más jóvenes, desvalorizando su capacidad por supuesta falta de experiencia, de madurez o por estereotipos de irresponsabilidad. También le llaman jovenismo, derivado del inglés youngism. Es como si por el mero hecho de ser jóvenes tuviesen menos derechos y más obligaciones que los veteranos, porque aún no han demostrado lo que valen.
Y ahí está el absurdo completo: en una Galicia que envejece a marchas forzadas, ninguneamos a los mayores, que acumulan sabiduría y memoria colectiva, al mismo tiempo les ponemos la alfombra roja a los jóvenes… para retirársela de debajo de los pies en cuanto acceden al mercado laboral. A unos les decimos «ya estás mayor para esto»; a otros, «todavía eres muy verde para aquello». Resultado: nadie acaba de encajar, nadie se siente del todo útil y la sociedad pierde el doble.
Quizá el antídoto sea tan sencillo como incómodo: dejar de mirar la fecha de nacimiento y empezar a mirar a la persona. A mi padre no le hace falta que le hablen como a un niño: le hace falta que alguien le explique, con calma, lo que antes resolvía una ventanilla. Y a los jóvenes no les hace falta un «ya aprenderás», sino una oportunidad real para equivocarse sin que el error les cierre la puerta para siempre.
Si seguimos repartiendo etiquetas, acabaremos construyendo una Galicia donde los unos se sientan estorbo y los otros, sospechosos. Y entonces sí: no será que falte gente, será que nos sobran prejuicios.
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