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Opinión

Ayer y hoy

En la guerra civil española, muchos intelectuales de distintos países dejaron la pluma o la máquina de escribir por las armas para defender, arriesgando la vida, a la República.

Algunos de ellos como el poeta John Cornford, el escritor Ralph Fox, ambos británicos, o el economista estadounidense Robert Hale Merriman, que lideró la brigada Lincoln, murieron jóvenes luchando en nuestro país contra el fascismo.

Hoy, la mayoría de los mercenarios que luchan en uno u otro bando en la guerra de Ucrania lo hacen sobre todo por dinero.

Y la mayoría de los intelectuales, periodistas, analistas geopolíticos y demás opinadores se limitan desde sus cómodos despachos a expresar su entusiasmo por la «resiliencia», como la llaman, del pueblo ucraniano, al que animan a seguir luchando.

Por ejemplo, en un artículo publicado esta semana en un diario nacional, la hija de un conocido ex dirigente del PCE hablaba del «orgullo del ciudadano ucraniano de a pie de seguir llevando la vida más normal posible a pesar de los misiles y los drones que caen continuamente desde el cielo».

Ese apoyo popular a la lucha contra la agresión, continuaba la analista geopolítica, «choca contra la mentalidad imperialista rusa, que permea a todas las capas sociales y que considera a los ucranianos como subalternos».

Nada decía, sin embargo, de los miles de soldados ucranianos que, cansados de una guerra interminable, desertan de sus puestos en el frente, de los civiles que tratan de evitar con dinero ser reclutados o de quienes son cazados en plena calle por agentes del Gobierno para ser enviados directamente al matadero.

Y hablando de «subalternos», ¿no son más bien muchos en Occidente quienes deshumanizan también a los rusos, como hizo la Alemania nacionalsocialista, considerándolos un pueblo asiático incompatible con nuestro sistema de vida democrático?

¿No es también lo que dice continuamente Volodímir Zelenski, a propósito del régimen de Vladimir Putin, que, según el presidente ucraniano, quiere privar a los ucranianos de su derecho a elegir el estilo de vida occidental?

¿Por qué no se dice nada tampoco del derecho de los millones de ucranianos rusófonos que defienden su derecho a utilizar su propia lengua, a defender su vieja cultura y a gozar de una autonomía como la que disfrutan otras minorías en los países de la Unión Europea?

Y sobre todo ¿por qué el simple hecho de abogar por la diplomacia y el diálogo con Moscú para intentar entender las razones que pueda tener también Rusia – por ejemplo, su propia seguridad frente a la OTAN- es cometer casi un delito de traición a Occidente y sus supuestos valores?

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