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Opinión | Editorial

Una estrategia local frente a los fenómenos meteorológicos extremos

El fuerte oleaje que bate contra el paseo de Panxón

El fuerte oleaje que bate contra el paseo de Panxón / Jose Lores / FDV

Recapitulemos. En los últimos seis meses Galicia ha afrontado una oleada de incendios de una virulencia desconocida, que sembró el pánico, arrasó más de 100.000 hectáreas de monte y arruinó no pocas propiedades; tras el verano, sufrió la sequía más prolongada en una década (en Vigo, 40 días sin rastro de lluvia) y las autoridades tuvieron que poner a los ciudadanos en prealerta, con restricciones en el consumo; y en las últimas semanas está bajo los efectos de un tren infinito de borrascas que causa inundaciones, notables trastornos en el día a día ciudadano, destrozos en propiedades particulares y espacios públicos. Repetimos, todo en menos de seis meses. Los fenómenos meteorológicos extremos ya non una excepción en nuestras vidas. Han venido para quedarse.

Pese esta realidad imposible de desmentir —los hechos, hechos son— todavía hay quien defiende que todo es fruto de una fatalidad, de una confluencia de casualidades, que no responde al extraordinario daño que le estamos infligiendo al medio ambiente. Mientras los negacionistas del cambio climático, cabalgando a lomos de una corriente trumpiana, son cada vez más o al menos su mensaje se escucha más fuerte propalado por las redes sociales, la verdad es que el planeta está sometido al impacto cada vez más frecuente de formidables y destructoras borrascas, prolongados periodos de sequía y devastadores incendios. Pensar que es una mala racha y que ya escampará (sea viento, lluvia o fuego) es un disparate que no nos podemos permitir. La cuestión, pues, es qué se está haciendo, si lo que está en marcha es suficiente y si no es así, qué acciones habría que implementar. Y si, por último, en el caso gallego los instrumentos activados son suficientes o al menos útiles y eficaces para, en su medida, minimizar los daños de este endiablado caos meteorológico.

Lo cierto es que, por norma, el comportamiento de las administraciones suele ser reactivo, es decir, adopta decisiones una vez que el daño ya ha sido causado. Tanto da que sea un fuego, la ausencia de agua o, en el otro extremo, su sobreabundancia. Han faltado históricamente estrategias a largo plazo y con visión poliédrica, integral; planes que pensados hoy tengan en lo sustancial una vigencia de décadas. La improvisación, que siempre resulta más cara a las arcas públicas e ineficaz, ha sido la respuesta clásica del gestor público. Su objetivo suele ser, valga la metáfora, apagar el fuego (el ambiental y el que se desata en la opinión pública) cuanto antes...y a otra cosa. Esa política de parches es estéril por equivocada.

Las medidas aplicadas hasta ahora son claramente insuficientes, dispersas, inconexas, coyunturales. Es evidente que el Ministerio para la Transición Ecológica que, con rango de vicepresidencia, lanzó hace años el presidente Pedro Sánchez no ha cumplido en absoluto con sus objetivos y los ciudadanos todavía hoy se preguntan a qué se dedica. La percepción es que se centra, y con dudoso éxito, en la energía. Y se echa en falta una coordinación más intensa y fructífera entre Gobierno y autonomías, entre los diferentes departamentos de la Xunta y también entre la Xunta y los concellos, en especial con los más pequeños, administraciones locales que asfixiadas por sus necesidades diarias suelen ser las víctimas propiciatorias cuando se desata el desastre.

La estrategia global debe sostenerse sobre un amplio y ambicioso catálogo de medidas transversales que afecta a todas las administraciones: desde una legislación (ordenación, gestión y ordenación del territorio y de su litoral) más ajustada a la realidad climática a la dotación de fondos económicos suficientes para acometer inversiones públicas imprescindibles y pendientes desde hace décadas; desde un sistema de control y vigilancia más competente a la implementación de un modelo de obtención y análisis de datos eficiente; desde la puesta en marcha de un catálogo de ayudas e incentivos a los ayuntamientos cumplidores a la imposición de sanciones a quienes ignoren sus obligaciones; desde el uso de las herramientas tecnológicas, con la inteligencia artificial en primer plano, a la dotación de personal experto; desde la aceleración de las energías verdes, si es que sus señorías del TSXG acaban de levantar su sospechoso veto, a campañas de sensiblización, empezando en las escuelas; desde una elaboración de planes urbanísticos sensatos, equilibrados y respetuosos a una política forestal que trascienda la mera explotación económica del monte… Se trata de centrar mucho más los esfuerzos en el antes que en el durante y el después de una situación extrema.

«Quienes sostienen que revertir la crisis climática es una cuestión de otros están despreciando un problema que ya lo tenemos en nuestra ‘casa’»

Quienes sostienen que revertir, o en el peor de los casos ralentizar, la crisis climática es una cuestión de otros dada su dimensión planetaria (Europa se está calentando a un ritmo del doble de la media global desde 1980 y la temperatura media terrestre en Europa se ha situado ya en 2,4 grados centígrados por encima de los niveles preindustriales, indica el informe Estado Europeo del Clima 2024 de Copernicus) están despreciando un problema que ya lo tenemos en nuestra casa. Es tan cierto que las medidas domésticas son insuficientes como que son imprescindibles e impostergables. Lo global se puede y se debe combatir también desde lo local. Con firmeza y ambición. Sin prejuicios ni temores.

En esta carrera, llegamos tarde. La responsabilidad está en las administraciones públicas y sus gobernantes, pero también en los ciudadanos —y los medios de comunicación tienen su cuota de responsabilidad— cuya conciencia y educación ambientales están muy lejos de lo deseable. Mientras unas y otros sigan haciendo lo mismo, o sea poca cosa, las noticias sobre interminables sequías, borrascas destructoras y fuegos infernales serán cada vez más frecuentes. Y seguiremos asistiendo a las lamentaciones ciudadanas, las improvisaciones de los gobiernos y a un carrusel de espectáculos televisivos a cada cual más sensacionalista. La tragedia convertida tristemente en show.

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