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Opinión

Haciendo cola

La gente viaja más que nunca, lo hace por doquier, todo lo visita

Las incidencias de un reciente viaje me han llevado a reparar en un fenómeno muy de nuestro tiempo; me refiero a las abundantes colas a cuya incorporación nos vemos abocados para acceder a los más diversos lugares. Cola en los controles del aeropuerto, cola para embarcar en el avión, interminables colas para reclamar y pedir alternativas a la cancelación del vuelo, cola ante la recepción del hotel de todos los afectados por la cancelación para recibir la compensación-remedio de cena y habitación, colas ante los museos (las descomunales del Museo del Louvre), las catedrales (recuerdo las interminables y agotadoras de la Sagrada Familia), y aquella que se alineaba desde hora muy temprana, casi al alba, en la que con ilusionado arrojo me integraba con mis hijos para ver los museos del Vaticano y la espectacular Capilla Sixtina.

Son colas en «fila india», así llamada porque era la formación en uso entre los indígenas americanos que caminaban uno detrás de otro, siguiendo una ordenación jerárquica. Hay quien dice que esa forma de deambular tenía por objeto reducir el rastro de las huellas al volver a pisar sobre las precedentes, de modo que con ello se enmascaraba el número de caminantes. También en fila india caminan los porteadores por entre la maleza boscosa de las selvas, precedidos por quien, a golpe de machete, va abriendo camino.

Nos toca vivir tiempos en que la gente se ha echado a la calle, viaja más que nunca, lo hace por doquier, todo lo visita, los espacios se llenan de una frondosidad de hombres y mujeres en movimiento constante hacia todos lados; es la espesura y densidad de la gente en plena ebullición urbana; es el reverso de la España vacía. La cosa ha adquirido dimensiones tales que, en espacios urbanos de especial aglomeración, se ha optado por dirigir y orientar la circulación de los peatones por calles de un solo sentido, o bien organizar la deambulación de ida y venida por aceras diferentes.

El problema se magnifica allí donde se produce una descomunal asistencia de turistas. Hay en esa maraña humana algo de espesura selvática por la que ha de moverse todo viandante de modo que al llegar a un punto de acceso reducido debe adoptar la fila rectilínea, la vieja fila india. Hemos adoptado esa vetusta formación para afrontar la densidad de una sociedad superpoblada en constante demanda de servicios.

Las filas, a las que son consustanciales largos tiempos de espera, tienen la ventaja -compensación al enojo- de fomentar la virtud de la paciencia. Porque de ella hay que armarse para permanecer y soportar el paso del tiempo a pie firme. Paciencia es vocablo que guarda parentesco con pacer. Pacemos en ellas como miembros de una grey sumisa, ordenada, disciplinada, rumiando el tiempo que pasa lento, viscoso, cansino. Cada cual recurre a fórmulas de alivio o entretenimiento; unos hablan por teléfono, otros se distraen con el móvil, hay charlatanes que aprovechan para pegar la hebra. De pronto, y tras una prolongada quietud, se produce un pequeño avance y sentimos una alegría infantil y esperanzada.

Pero lo que no sospechaba era que tan ancestral práctica fuera objeto de estudio científico. En efecto, he descubierto varios trabajos académicos que tratan de la llamada «Teoría de colas», que es una rama de la investigación que se vale de modelos matemáticos para analizar los sistemas de espera y buscar su optimización. Parten estos estudios de la idea de que las colas son consecuencia de un desajuste temporal entre la demanda de un servicio y la capacidad de recepción o gestión. He aprendido que las colas objeto de estudio pueden ser de personas o de cosas, por ejemplo, contenedores en espera de ser embarcados, máquinas sometidas a mantenimiento, etc., y que son objeto de clasificación en diversos tipos: simples, circulares, de prioridad y de doble extremo. Todo un campo de estudio insospechado.

Desconozco absolutamente de qué fórmula matemática se valen los investigadores para aligerar las colas y dotarlas de fluidez, o para impedir o disminuir su formación y reducir el sufrimiento de las esperas. Sea como fuere, merecen estima quienes trabajan por aliviar esta servidumbre de nuestros días. Hombre, no digo que para un premio Nobel, pero sí para un sonoro y agradecido aplauso.

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