Opinión | Tribuna libre
aNNIE sÁNCHEZ
Presumes de Castelao, pero… ¿crees que Castelao presumiría de ti?
Hay algo casi ritual en la política gallega: citar a Castelao. Se le invoca en discursos institucionales, se le imprime en carteles, se le coloca en aniversarios redondos y se le menciona con solemnidad, como si su nombre bastara para legitimar cualquier proyecto. Pero conviene hacerse una pregunta que rara vez aparece en los actos oficiales: tú presumes de Castelao, sí. ¿Pero crees honestamente que Castelao presumiría de ti?
La figura de Alfonso Daniel Rodríguez Castelao se ha convertido en un símbolo cómodo, demasiado cómodo. Un icono desactivado, reducido a patrimonio sentimental, despojado de su filo crítico. Porque Castelao no fue un hombre complaciente con el poder. Fue, precisamente, lo contrario: un fiscal implacable de la mediocridad política, del conformismo institucional y de la falta de ambición colectiva.
Castelao no se limitó a amar Galicia; la exigió. Y exigir implica incomodar.
Hoy, mientras se multiplican los homenajes, Galicia pierde jóvenes. Emigra talento, se cronifica la precariedad y se normaliza que toda una generación viva peor que la anterior. Y, sin embargo, desde las instituciones se insiste en el relato autocomplaciente: que todo va razonablemente bien, que no hay alternativa, que es lo que hay. Ese lenguaje, precisamente, es el que Castelao detestaba.
Porque Castelao no creía en los pueblos condenados, sino en los pueblos mal gobernados.
Resulta difícil imaginarlo aplaudiendo a una clase dirigente que presume de identidad mientras permite que los ciudadanos pierdan espacios reales de uso; que celebra la cultura mientras precariza a quienes la sostienen; que habla de juventud como «reto» mientras la expulsa por falta de oportunidades. Castelao sabía que la mayor traición a un país no es oprimirlo, sino administrarlo sin ambición.
Y aquí surge la contradicción central: se honra a Castelao como símbolo, pero se ignora su ética. Él defendía una Galicia con voz propia, sustentada por ciudadanos críticos, asociaciones vivas, iniciativa social y responsabilidad política. No una Galicia dependiente, envejecida y resignada.
¿Dónde está hoy esa voluntad transformadora? ¿Dónde está el coraje político para asumir que el modelo no funciona cuando la gente joven no puede quedarse, emprender, asociarse ni construir un proyecto vital digno? Castelao no habría aceptado la excusa permanente de la «competencia ajena» o de la «falta de margen». Para él, gobernar era asumir responsabilidad, no repartir coartadas.
Castelao desconfiaba profundamente del poder que se protege a sí mismo antes que a la sociedad. Y cuesta no ver esa desconfianza reflejada en una política que prioriza la relevancia institucional sobre el dinamismo social, la foto sobre el proceso, el corto plazo electoral sobre el futuro generacional.
Presumir de Castelao sin aplicar su pensamiento es una forma sofisticada de vaciarlo de contenido. Convertirlo en estatua para no escucharlo. Porque si Castelao levantara hoy la cabeza, probablemente no preguntaría por los homenajes, sino por los resultados.
Preguntaría cuántos jóvenes pueden vivir de su trabajo en Galicia. Cuántos pueden crear sin pedir permiso eterno. Cuántos sienten que este país cuenta con ellos de verdad.
Y entonces la pregunta incómoda volvería a caer sobre la mesa, sin adornos ni solemnidad: ¿De verdad crees que Castelao presumiría de ti?
La respuesta no se da en un discurso. Se da en las políticas. Y, sobre todo, en las consecuencias.
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