Opinión
Los esclavos blancos
Cuando se habla de esclavitud, enseguida nos viene a la cabeza el terrible tráfico de esclavos llevado a cabo por europeos, fundamentalmente portugueses, desde el África occidental hacia el Nuevo Mundo a partir del siglo XVI. Pero, por desgracia, la esclavitud ha existido, desde la edad antigua, en la mayor parte de las civilizaciones. ¿Por qué, entonces, la asociamos invariablemente con esta última? Pienso que por múltiples razones. Por un lado, ha existido hasta fechas relativamente recientes. En gran parte de los países esclavistas no se produce la abolición hasta la segunda mitad del siglo XIX. En algunos casos, como el de Estados Unidos, fue, incluso, necesaria una cruenta guerra civil para conseguir dicha abolición. Por otro lado, la literatura, la televisión y el cine han tratado extensamente el tema.
Pero ha existido otro tipo de esclavitud, la que ha afectado a europeos. Esta otra esclavitud va desde la Grecia clásica hasta, prácticamente, bien entrada la Edad Media. Griegos y romanos mantenían esclavos. En relación con los helenos, es especialmente notable el caso de Esparta, que esclavizó, cruelmente, a sus vecinos laconios y mesenios, los célebres ilotas. Para Roma es bien conocida la revuelta del gladiador tracio Espartaco, sofocada por el futuro triunviro, Marco Licinio Craso.
Durante la Edad Media, las dos áreas geográficas que mantuvieron la esclavitud de europeos fueron justamente los extremos norte y sur del continente. Por un lado, los vikingos, que en sus razias capturaban a otros europeos para venderlos como esclavos y por otra, Al-Ándalus, que se nutría de mamelucos, eunucos, sirvientes y esclavas provenientes de reinos cristianos.
Pero me centraré, en esta ocasión en la esclavitud, curiosamente, más desconocida. La llamada «esclavitud blanca», practicada por pueblos musulmanes, fundamentalmente turcos y norteafricanos. La época más trágica tuvo lugar entre los siglos XVI al XIX por parte de la Berbería, (las regiones costeras de los actuales Marruecos, Argelia, Túnez y Libia), auténtico refugio de piratas y traficantes de esclavos que actuaban contra embarcaciones comerciales e incluso atacaban áreas costeras del Mediterráneo con galeras. A partir del siglo XVII, y con la ayuda de navegantes renegados holandeses e ingleses, los berberiscos aprendieron a navegar con velas cuadras y comenzaron a hacer incursiones en las islas británicas, países bajos e incluso Islandia. Se calcula que, durante esos siglos, los corsarios berberiscos llegaron a esclavizar a más de un millón de europeos, incluyendo a personajes célebres como Cervantes. Salvo aquellos de clases sociales más elevadas que podían ofrecer un rescate, la mayoría pasaban a llevar una vida profundamente miserable. Los hombres que no morían decapitados, por malos tratos, por desnutrición o por enfermedades, eran destinados a trabajos muy duros o enviados a galeras, condenados a remar hasta que esta se fuese a pique en un combate o falleciesen por agotamiento. Las mujeres simplemente eran vendidas a los harenes de ricos y nobles y encerradas en vida como esclavas sexuales y los niños recibían instrucción militar para convertirse en «jenízaros» o soldados de elite.
La Berbería, aunque oficialmente bajo autoridad otomana, funcionaba con diversos sultanatos autónomos, aunque era Argel el principal centro de la piratería mediterránea. Algunos de los más afamados piratas fueron, igualmente, grandes navegantes y estrategas, como los Barbarroja, Turgut Reis (Dragut), Kurtoğlu, Kemal Reis o Murat Reis (reis, en turco, significa almirante).
Por supuesto, las potencias mediterráneas no se quedaron de brazos cruzados frente a la amenaza berberisca, de tal manera que fueron muy numerosas las incursiones cristianas en el norte de África. Con Carlos V algunas resultaron exitosas como la toma de Túnez en 1535, otras resultarían victorias pírricas para Barbarroja, fue el caso de la derrota de la Santa Liga en Préveza (1538) en donde el vencido Andrea Doria consiguió salvar parte de la flota o Castelnuovo, las auténticas Termópilas españolas, porque en ese enclave montenegrino, capturado por los tercios, se enfrentaron en 1539 más de 50.000 turcos contra 3.000 españoles. Francisco Sarmiento y sus hombres pagaron con su vida el rechazar la honorable capitulación ofrecida, pero se llevaron por delante, prácticamente, la mitad del enorme ejército de Barbarroja. Sin embargo, el desastre de la jornada de Argel, (Carlos V, 1541) debido a los temporales y a una mala planificación, resultó un gravísimo revés para occidente.
Con Felipe II tendrán lugar dos eventos fundamentales, que no pondrán fin al problema, pero supondrán un cierto bálsamo durante las siguientes décadas. La victoria cristiana en el asedio de Malta en el que se enfrentaron, de nuevo, un ejército de 50.000 otomanos frente a 7.000 defensores y en donde fallece, junto a 30.000 de sus hombres, el temible Dragut y la célebre victoria de Lepanto. Por su parte, Felipe III toma la decisión de expulsar a los moriscos, entre otras razones, porque muchos de ellos colaboraban abiertamente con los berberiscos. En cualquier caso, las razias y la trata de esclavos cristianos continuaron, con mayor o menor intensidad, hasta la conquista francesa de Argel en 1830. El mismo siglo que puso fin a la horrible lacra de la esclavitud en América, contempló el final de la, más desconocida, pero no menos cruel, esclavitud de los europeos en el imperio otomano.
Como señalaba en una columna anterior. La esclavitud fue un fenómeno execrable, que afectó a africanos, pero, como vemos, también a europeos, y que debe ser retratada y denunciada tal como aconteció, sin paños calientes, ni desvirtuando o retorciendo la historia, tal y como hacen en la actualidad muchas plataformas, películas y series que presentan a actores de origen subsahariano en papeles de aristócratas o princesas, cuando en la época eran simplemente esclavos deslomándose en campos de algodón o de caña. De la misma manera que las cristianas capturadas por la Berbería no acababan como favoritas del sultán en una regalada vida de lujo y esplendor, como también muestran algunas películas, sino que les esperaba una mísera vida como esclavas sexuales.
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