Opinión
Fenta y Oxys
En la pantalla se lee «A nadie le importa, trabaja más». La frase aparece en un cuadro enmarcado, la pintura está en un estante blanco. Justo al lado, una mano color metálico hace el gesto de una peineta. Este fotograma es parte del documental El cártel del dolor (Paul Moreira, 2025) —en abierto, en rtve.es— y se corresponde con el momento en que Chris George explica cómo funcionaban, allá por 2014, sus «clínicas del dolor» en Florida. Las cuales, a pesar de contar con personal médico, enfermería y farmacia, en realidad, eran supermercados: dispensaban todo lo que pudieras pagarte de oxicodona y fentanilo, dos potentes y adictivos analgésicos (derivados del opio) de venta legal pero bajo prescripción médica.
Chris y su hermano, Jeff, encontraron la fórmula perfecta. Tenían los pacientes, recetaban los calmantes y, en el mismo lugar, vendían las pastillas. En Florida era demasiado fácil conseguir los medicamentos así que hasta allí acudían desde Tennessee, Kentucky, Ohio y otros estados de los Apalaches (epicentro de la adicción a los opioides). También las ganancias eran enormes.
Cuando el entrevistador pretende hacerlo responsable de la muerte de muchos pacientes, su defensa es acudir al libre mercado y la libertad. Esos dos pilares tan de moda hoy en día. Se escuda en que vendía un medicamento legal, «con receta» y una dosis ajustada al paciente; lo que hicieran después con las pastillas no era de su incumbencia. «No voy a perder el sueño cada vez que se muera alguien —pronuncia muy serio—, porque es su responsabilidad. Nosotros tenemos libertades y la libertad tiene un precio».
A pesar de esta franqueza, el documental continúa con la investigación policial para desmantelar estas falsas clínicas y aparece de nuevo Chris hablando de su juicio: «Me declaré culpable de crimen organizado, tráfico de droga y lavado de dinero. Pasé once años en la cárcel». Tras el ruido mediático, se estableció una nueva regulación… demasiado tarde. Los muertos por sobredosis de medicamentos «recetados» eran cientos de miles.
En este caso hay que seguir tirando del hilo para llegar a la farmacéutica Purdue. La creadora de la oxicodona, que había mentido durante su comercialización, negando que fuera adictiva. En Estados Unidos nadie duda de que la actual epidemia de heroína y fentanilo comenzó con la prescripción masiva de Oxys (OxyContin, nombre comercial) a finales de los noventa, contra el dolor crónico. Una respetable farmacéutica, no los cárteles mexicanos.
Como los hermanos George, estos laboratorios sabían que vendían un opiáceo que provocaba adicción pero continuaron haciéndolo hasta 2019, porque sus beneficios eran enormes. ¿Quién mataría a la gallina de los huevos de oro? La frase que vemos al principio en la estantería, resume esa actitud vacía de ética: si a nadie le importa, continúa.
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