Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión

Barreiro y Vigo: el retrato luminoso de un idilio atlántico

La llegada de la exposición «Vigo, luz e cor» a la Casa das Artes, por iniciativa e invitación del alcalde olívico Abel Caballero, no es solo un evento cultural de primer orden; es el regreso de un hijo pródigo que, en realidad, nunca terminó de marcharse.

El artista forcaricense José María Barreiro ha mantenido con la ciudad atlántica una relación casi erótica, un idilio de permanencia cierta que se extiende por más de ocho décadas. Esta muestra, comisariada por la crítica de arte Pilar Corredoira, una personalidad de referencia en el arte gallego, funciona como un espejo donde la urbe se reconoce en la paleta de quien mejor ha sabido atrapar sus esencias yodadas.

Pocos creadores han perfilado los contornos sociales y vivenciales de Vigo con tanta parsimonia y acierto. Barreiro pertenece a esa estirpe forjada en la mítica Taberna de Eligio, un santuario donde la cultura se nutría de ribeiros y xoubiñas. Allí, entre los vapores de la bohemia, el pintor compartió sueños con figuras como el narrador y periodista mindoniense Álvaro Cunqueiro o el renovador de la pintura gallega Laxeiro. En ese ambiente de tertulia incesante, Vigo se entendió no solo como puerto de arribada, sino como un constructo emocional que el pintor trasladó al lienzo con un estilo inconfundible.

La mirada de Barreiro sobre la ciudad es la del navegante y la del observador que sabe que el Atlántico es el gran cómplice de la vida urbana. En sus cuadros, la ventana es un símbolo recurrente de conexión. A veces, nos invita a mirar desde el interior hacia la ría; otras, parece que es el propio mar el que abre sus ojos hacia la urbe, contemplando el dinamismo de los transatlánticos y el perfil de los tejados que trepan por las colinas de A Guía o O Castro. Es una visión que conjuga la luz de la Ville Lumière, que conoció en sus años mozos en París, con la bruma lumínica del sur de Galicia.

La trayectoria de este maestro es una travesía de contrastes. Desde su Forcarei natal, en esa Terra de Montes que es cuna de genios, hasta sus estancias en Buenos Aires, donde tuvo que demostrar su valía profesional incluso en los escaparates de Harrods para asegurar su supervivencia. Ese periplo vital le permitió fundir el cromatismo impresionista con la fuerza telúrica de su tierra, creando lo que hoy conocemos como «Barreirismo»: una expresión plástica que genera luz y alegría, alejándose de los tópicos para abrazar una emotividad vibrante.

La exposición en la renovada Casa das Artes, sede también de la Fundación Laxeiro y de la colección Torras, permite recorrer esos paisajes urbanos, escenas de circo y músicos que pueblan su universo. Es la reivindicación de un artista que, tras asentarse definitivamente en 1974, consolidó a Vigo como eje fundamental de su obra. Cada trazo de Barreiro es un mapa emocional de las idas y venidas de una Galicia que huye de la tristeza para celebrarse en el color. Hasta el 26 de abril, los vigueses tienen la oportunidad de asomarse a ese balcón de la cultura y descubrir, a través de sus lienzos, por qué su ciudad sigue siendo, para muchos, un puerto de nostalgia y una matriz de modernidad.

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents