Opinión | Al lío

Subdirector de Faro de Vigo
El milagro portugués no viaja en AVE

Estación de tren de Santa Apolonia, en Lisboa. / EFE
No sé si por prudencia, por experiencias del pasado o por carácter, pero siempre he desconfiado de los mitos. Ya sean personas (el fenómeno fan nunca lo entenderé), cosas (las religiones —perdóneme, páter— tampoco) o incluso países.
Mentiría si dijese que no me hierve la sangre cada vez que hago zapping y me encuentro el típico programa de «españoles por el mundo». ¡Siempre les va de lujo! Buenos sueldos, parajes increíbles, todo es una maravilla… Sí, ya. ¿Y qué más? Pues lamento decirlo, pero algo parecido nos pasa con Portugal.
Desde que tengo memoria periodística, Portugal nos come. Que si nos va a arrebatar a Stellantis, que si nos va a quitar el puerto («¡que viene el ogro de Leixões!»), que si nos va a cerrar Peinador («¡¡cuidado con Sá Carneiro!!»)… Allí no hay burocracia, es el paraíso de los empresarios, tienen mano de obra cualificada y barata (esto último no lo discuto; lo de barata, al menos), todo el mundo habla inglés nivel pro y un larguísimo etcétera de virtudes que convierten el otro lado de la Raia en poco menos que el Edén.
Y qué decir de las infraestructuras: lo mismo. Que nos adelantan por la derecha y por la izquierda, que aquí todo son palos en las ruedas y allí todo fluye. Pues va a ser que tampoco es la panacea. Al menos en lo que respecta al AVE.
Cuesta creerlo, pero el castillo de naipes de su alta velocidad —conviene recordar que no tienen ni un kilómetro en funcionamiento— amenaza con desmoronarse. Para empezar, como en España, todo va con retraso y se van a incumplir plazos, empezando por el tramo Lisboa-Oporto (para 2032 dicen… veremos) y continuando por el Oporto-Vigo, que es el que más nos importa.
No hay milagro portugués en la alta velocidad. Y eso me lleva a pensar que no iban tan desencaminados nuestro secretario de Estado de Transportes y Movilidad Sostenible y el ministro Óscar Puente cuando dijeron aquello de que vamos a llegar antes que nuestros colegas lusos a la frontera, pese a los retrasos que acumula la Salida Sur ferroviaria desde Vigo: «Estaremos esperando».
Vaya chasco. Aunque lo peor que nos puede pasar ahora es aflojar la presión del lado español porque, total, los portugueses van con retraso. De ninguna manera. Si algo hemos aprendido a base de golpes —propios y ajenos— es que la autocomplacencia sale carísima. Que el vecino no vuele no nos autoriza a caminar; al contrario, debería espolearnos.
Porque esto no va de ganar una carrera sentimental a Portugal, ni de alimentar titulares con aroma a revancha ibérica —que es lo que buscarán algunos hoy mismo—. Va de que las infraestructuras no entienden de mitos, sino de presupuestos, plazos y voluntad política.
Portugal no es el paraíso ni el infierno. Es un país que acierta y se equivoca, como nosotros. Que promete y retrasa, como nosotros. Que vende ilusión —a veces con más pericia que resultados—, también como nosotros.
Así que menos mito y más hormigón. Menos épica comparativa y más gestión. Competir está bien; cooperar, mejor. Y cumplir, imprescindible. Si algún día nos encontramos en esa frontera ferroviaria, ojalá no sea para decir «a buenas horas vecino», sino para subirnos al tren.
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