Opinión | Desperfectos
Valentí Puig
Príncipes de las tinieblas
Una lógica siniestra ha determinado que se sepan detalles de la complicidad entre el pedo-criminal Jeffrey Epstein y Lord Mandelson, embajador británico en Washington —exministro y excomisario europeo—, conocido desde hace tiempo como Príncipe de las Tinieblas. Se verá si este nuevo gran escándalo puede llevar a la dimisión del primer ministro Starmer, pero aún más siniestra es la trama global que se va desvelando en el Capitolio. La primera zambullida en los tres millones de documentos Epstein prenuncia el morbo de los tres millones que todavía faltan por conocerse. Magnates y políticos compiten en bulimia de poder, codicia, sexo de todo tipo, pedofilia, manipulación gigantesca, poder en la sombra. ¿Qué más hace falta para incentivar la pérdida de confianza en el sistema? En comparación, el pillaje del expríncipe Andrés y su exesposa Sarah Ferguson solo es un aderezo anacrónico.
Mandelson, arrogante, muy hábil, cortesano, codicioso y sin escrúpulos, fue niño mimado de Tony Blair. Personificaba la sofisticación como laborista de la izquierda guacamole. Dos veces tuvo que dimitir por sus excesos en el Gobierno y aun así Starmer le envió a Washington. El actual primer ministro pasa por ser hombre honesto y se resistió a nombrar a Mandelson pero lo nombró y ahora está bajo fuego cruzado, en su propio partido, por parte del partido conservador —en horas bajas y con liderazgo incierto— y con Nigel Farage, el líder del Brexit y peón de Trump, posicionado en las encuestas, aunque en este momento la opinión británica parezca propicia a reaproximarse a la UE, especialmente en comercio y seguridad.
Puede ser el mayor escándalo de la época. En el nexo Mandelson-Epstein hay de todo: información privilegiada, connivencia con servicios de inteligencia extranjeros, megacorrupción, tiniebla por ahora impune. Es una degeneración múltiple del establishment, con ramificaciones en todo el globo terráqueo. Ahora se queman agendas y se borran emails. La ley no puede mirar para otro lado.
Y en la Casa Blanca, Trump duerme mal y cuando se despierta lanza tuits como un maníaco, en una de las páginas más paranoicas de esos 250 años de historia de los Estados Unidos, a punto de conmemoración. La intrincada amistad entre Epstein y Trump va a estar en los titulares por mucho tiempo. Fueron amigos y enemigos. Uno apareció muerto en la cárcel y el otro firma órdenes ejecutivas en el Despacho Oval. Sabemos que la pureza no es del todo compatible con el estadismo, pero este escándalo va mucho más allá de lo que Suetonio escribió sobre los césares más desviados de la Roma Antigua. Si entonces el populacho se entretenía en el circo, ahora se puede ser presidente de una gran república sin más pedigrí que seis bancarrotas inmobiliarias y largos años de protagonismo en un reality show.
Trump se distanció de Epstein —e incluso denunció su tráfico de menores— pero aquella amistad enloquecida enturbia aún más el segundo mandato presidencial y complica ese nuevo orden mundial que tanto se asemeja al desorden. El posibilismo atlantista va a salir perjudicado. Bullen las casas de apuestas con la incógnita de un nuevo primer ministro.
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