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Opinión

La defensa exige sacrificios

Donald Trump puede ser el estímulo que los europeos necesitamos para hacer lo que hace tiempo que sabemos que debemos hacer pero que no hacemos. Defensa es el ámbito más evidente —aunque no único—, pues ya Ronald Reagan denunciaba el poco dinero que dedicábamos a la defensa colectiva y no le hicimos caso ni a él ni a ninguno de sus sucesores, que lo pedían con buenas maneras, hasta que ahora ha llegado un presidente que lo exige con malos modos. Trump ha declarado que no está interesado en nuestra seguridad, habla de una OTAN 3.0 con menor participación americana, amenaza con arrebatarle Groenlandia a Dinamarca, reduce tropas en nuestro continente, nos castiga con aranceles, y según su Estrategia Nacional de Seguridad vamos por mal camino y hay que apoyar a partidos de ultraderecha que corrijan el rumbo. Con amigos así sobran los enemigos. Y eso sucede mientras Putin invade y quiere despedazar Ucrania. La consecuencia es clara: se acabó la fiesta y los europeos tenemos que despertar a la realidad. Por vez primera en ochenta años, Europa está sola ante el peligro. La solución exige renunciar a soberanía e integrar esfuerzos. Si ayer lo hicimos para el comercio, hoy debemos hacerlo para defendernos con la Unión Europea dirigiendo la operación, como ya hizo con la crisis de 2008 y durante la pandemia. Nuestro mayor problema consiste en seguir considerando la defensa un asunto nacional cuando debe ser comunitario, porque 29 ejércitos enanos no hacen uno grande.

Los europeos pedimos ayuda a los americanos para defender a Ucrania de Rusia y eso significa que 450 millones de habitantes (los europeos) estamos pidiendo socorro a 330 millones (los norteamericanos) para defendernos de 130 millones (los rusos), con el recochineo de que nuestro PIB es ocho veces mayor que el ruso y que nuestras infraestructuras y Sanidad dan sopas con honda a las que «disfrutan» los norteamericanos, que con razón han dicho que hasta aquí hemos llegado. Tienen razón en que gastamos poco en Defensa. La OTAN cuesta 3.250 dólares al año a cada estadounidense, 1.450 a cada europeo como media, y 400 a cada español. Por mucho que diga don Pedro Sánchez que con dedicarle el 2,1% del PIB cumplimos, la realidad es que contribuimos hoy mucho menos que los demás europeos a nuestra defensa colectiva. Y eso tiene un precio, si algún día somos nosotros los que necesitamos la ayuda de los demás, como ahora la necesitan los vecinos de Rusia. Hoy el peligro ronda por aquellas latitudes, pero mañana puede acercarse al sur mediterráneo.

Comprendo que el Gobierno tenga problemas para aumentar el gasto de defensa porque no tiene presupuesto desde hace tres años, a pesar de la obligación constitucional de presentarlo anualmente, y comprendo también que está apoyado por partidos de izquierda, nacionalistas y populistas, que prefieren gastar el dinero disponible en educación, sanidad, pensiones o infraestructuras... y a ser posible en su propia comunidad autónoma. Les comprendo. A mí tampoco me apetece, pero lo que ellos plantean es un falso dilema porque sin seguridad no hay Estado de bienestar, ni educación, ni sanidad ni pensiones... y, si me apuran, tampoco comunidad autónoma. La seguridad es algo previo a todo eso. No se trata solo de gastar más, que también, lo que necesitamos es gastar mejor y el Gobierno lo sabe y debería explicarlo con claridad a la ciudadanía, porque gobernar no es seguir las encuestas sino afrontar las realidades.

En la última cumbre de la OTAN, don Pedro Sánchez firmó con todos los demás socios dedicar el 5% del PIB a Defensa, pero se diferenció de ellos en montar el numerito de decir que esa firma no iba con él, y eso llamó la atención de Donald Trump, que desde entonces lo recuerda con regularidad. No necesitaba hacerlo porque, aunque es cierto que esa cifra del 5% es una barbaridad que ni siquiera Washington cumple, tampoco la cumplirán algunos otros miembros de la Organización que se callaron pensando que en diez años todos calvos y que así tenían tranquilo a Donald, mientras que Sánchez cantó la gallina para agradar a sus socios de investidura, que son pacifistas ignorantes en un mundo de tiburones, son antiamericanos, y son contrarios a todo lo que suene a militar. ¡En mi tierra, Palma, quisieron quitar las calles dedicadas a los almirantes Churruca, Gravina y Cervera, porque eso de ser almirantes les sonaba a franquista! Y así nos va.

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