Opinión | El correo americano
La nueva derecha estadounidense y el relativismo moral
Hace unas semanas, Andrew Tate, Nick Fuentes y otros influencers de la derecha nacionalista/macho alfa (algunos se hicieron famosos por dar consejos sobre cómo ligar de la manera más efectiva, etc.) provocaron un escándalo después de grabarse en un club de Miami mientras sonaba la canción «Heil Hitler» del rapero Kayne West. Su gesto pretendidamente transgresor (sonreían, cantaban) fue criticado incluso en algunos foros donde estas celebridades suelen ser ensalzadas. Tate marcó distancia con el grupo (Patrick Bet-David le regañó, recordándole que su sitio no está ahí con esos críos, sino en la zona vip con Donald Trump). Fuentes estaba en su salsa (el joven neonazi era la primera vez, al parecer, que pisaba una discoteca). Otros participantes, en cambio, reivindicaron su derecho a realizar gestos fascistas ante las cámaras. Tras la emisión, algunos locales de Florida les prohibieron la entrada. Estas personas se han convertido en una referencia para muchos jóvenes, dicen. Y son admirados por su éxito, su número de seguidores, su riqueza y su desacomplejada masculinidad.
Lo curioso es que el rapero que compuso la canción hitleriana pidió disculpas hace poco en el periódico The Wall Street Journal por otras declaraciones antisemitas, confesando que, en un momento personalmente complicado para él, «perdió el contacto con la realidad». Aduce que, en momentos de dolor, confusión y soledad, se sintió atraído por la esvástica (con la cual hizo dinero vendiendo camisetas), «un símbolo destructivo». Dice que se arrepiente de haber hecho daño a la gente, especialmente a los judíos y a los miembros de la comunidad afroamericana. Toda esta pose de apariencia rebelde y posmoderna fue producto, en suma, de una enfermedad mental. Russell Brand, un actor convertido en influencer de esta nueva derecha iconoclasta, elogió en su momento la canción de West, señalando la lucha del artista por manifestar, a través de su arte, verdades incómodas (no sabemos muy bien a qué verdad apela esa canción más allá de poner de moda un cántico nacionalsocialista). Al parecer, no había que tomarlo al pie de la letra. Según Brand, West no trivializaba con el holocausto y sus víctimas, estaba hablando de los poderes ocultos, de la manipulación de los medios, de la libertad de expresión…
Valga este ejemplo como evidencia de la relación que mantiene el conservadurismo actual con la cultura. West fue encumbrado en su día por comentaristas de derechas cuando apoyó a Trump. Lo paseaban por los platós de Fox News. Lo entrevistaban amablemente en programas de información política. Lo veían como un disidente del establishment progresista a quien había que proteger. No importaba lo que habían dicho sobre él en el pasado (o que él, en una famosa gala de premios, dijera que a Bush Junior no le importaba las vidas de los negros. Pero eso pertenece a otra época, cuando todos eran neocon). De repente, West, a los ojos de esa prensa, se convirtió en alguien muy inteligente, lúcido y, sobre todo, valiente. Un afroamericano famoso hablando mal de los demócratas y lo woke, criticando a la izquierda y defendiendo supuestos valores religiosos. Como sucede ahora con Nicki Minaj. No lo hacían (ni lo hacen) porque les interese su música o su arte, por supuesto, sino porque estas celebridades abrazan el movimiento MAGA, besan el anillo del líder y ponen a disposición de Trump gran parte de su capital simbólico, el cual, en ocasiones, acaban lapidando, como West, en un proceso autodestructivo retransmitido en horario de máxima audiencia.
La reacción de los trumpistas ante la presencia de Bad Bunny en la Super Bowl denota una desesperación abochornante. En una pataleta típica de adolescentes, incluso organizaron un concierto alternativo con Kid Rock para los ciudadanos que no podían soportar a la estrella latina cantando en lengua española. Y ni siquiera por razones de contenido. Simplemente, al artista puertorriqueño no le gustan las políticas de esta Administración. Si Bad Bunny fuera trumpista, a lo West o Minaj, celebrarían su actuación, con independencia de su identidad puertorriqueña o el idioma en el que se expresase. Porque esta derecha que venía tan fuerte y tan viril es, sin embargo, una derecha frágil, insegura y moralmente relativista. Unos críos jugando a ser fascistas por las discotecas de Florida. Un hombre enfermo comercializando con la esvástica. Un presidente que no puede tolerar que le lleven la contraria. Una ideología, en fin, destruyéndose a sí misma.
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