Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión | Nuestro mundo es el mundo

Joan Tapia

¡Mayoría de 302 diputados!

Puigdemont —aún sin amnistía— logra desde Waterloo que el Partido Popular, Vox y el Partido Socialista voten juntos a favor de una iniciativa suya contra la multirreincidencia

Desde 2023 somos prisioneros de la gran crispación entre el PSOE y el PP. Entre la izquierda y el nacionalismo por una parte y el PP y Vox por la otra. Origen, la investidura de Sánchez a cambio de amnistía. Y, así, las mayorías favorables al Gobierno —o a veces, contrarias— bordean siempre los 176 diputados.

Pero el jueves —tras un debate sobre ferrocarriles que repitió el diálogo de sordos— el Congreso aprobó la ley contra la multirreincidencia —una iniciativa de Junts—, con una muy insólita mayoría de nada menos que 302 diputados. ¡302! Los del PP, PSOE, Vox, Junts, PNV y UPN, contra los 36 de Sumar, Podemos y Bildu, y 8 abstenciones (ERC y Coalición Canaria).

Puigdemont ha logrado así unir al PSOE y al PP, pese a que en toda la legislatura el eje de la discordia ha sido la amnistía. Y Vox —que está contra todo— no ha vacilado en unir sus votos al exiliado de Waterloo. Además, el PSOE ha votado contra Sumar —su socio de Gobierno—, Podemos y Bildu. Hasta Felipe González debe aplaudir. Y ERC se ha desmarcado de sus queridos grupos de la izquierda del PSOE. Los alcaldes siempre cuentan.

¿Milagro Puigdemont? Algo más complejo. Según Marta Farrés —la alcaldesa que recuperó Sabadell para el PSC—, ya la pasada legislatura un grupo de alcaldes del Arc Metropolità (ciudades cercanas a Barcelona, pero que no están en la AMB), pertenecientes al PSC y a Junts, visitó a todos los grupos parlamentarios para agravar las penas a la multirreincidencia —los pequeños delitos repetidos que generan gran inseguridad, a veces a los más vulnerables— y para evitar las okupaciones. Llegaron las elecciones y luego la investidura dominó todo.

Pero en junio de 2024 Puigdemont, presionado por los alcaldes de Junts que notaban el aliento de Silvia Orriols a sus espaldas, presentó en el Congreso un proyecto de ley en esta dirección. El PSOE no quiso una crisis en «la mayoría progresista» y lo envió al rincón de dormir. Pero Puigdemont —cada vez más estresado por el ascenso de la extrema derecha independentista— decidió romper con Sánchez. Y entre las causas de la ruptura, el incumplimiento con la ley de multirreincidencia.

Nuevo capítulo. Sánchez no quiere ahogarse y necesita gestos hacia Puigdemont. Y, además, en este tiene el respaldo de los alcaldes catalanes (por eso ERC se ha abstenido). Pero tenía que contrariar a sus socios y no habría mayoría parlamentaria para aprobarlo. Salvo… salvo que el PP también lo respaldara. Y el PP lo ha hecho, no solo porque la reincidencia es un problema real, sino porque no quiere contrariar a Puigdemont, al que puede necesitar, en un asunto que no tiene nada que ver con la independencia. Y Vox, que cree que Puigdemont es lo peor de lo peor y que acusa al PP y al PSOE de ser lo mismo, decidió sumarse a la iniciativa de Puigdemont y a los dos grandes partidos.

Puigdemont no es Dios y no puede hacer milagros, pero sí ha tenido un sonoro triunfo. Y, quizás por carambola, se ha convertido por un día en un muy extraño gran casamentero. Desde Waterloo ha logrado una mayoría de 302 diputados que va desde Vox y el PP hasta el PSOE. ¡Feijóo lo debería fichar!

Es una mayoría puntual. Pero positiva. Es lógico que, en una sociedad compleja, las mayorías no sean siempre ideológicas y fijas, sino que se adapten a las diferentes situaciones. En la multirreincidencia —hablan de «populismo punitivo»— una parte de la izquierda no se ha sumado. Otro día sería deseable que el PP votara con toda la izquierda para frenar los excesos de Vox en su teoría del «gran reemplazo»: que los inmigrantes vienen para sustituir a los españoles, incluidos los catalanes.

Lo de Puigdemont más PSOE, PNV, PP, Vox y ERC (a medias) ha sorprendido, pero se han roto los bloques, un factor de polarización y esterilidad política. Y se ha escuchado a los alcaldes, que son los que están más cerca de los ciudadanos y palpan que la delincuencia diaria (aunque sea de baja intensidad) genera mucha irritación.

Una vez más, se ha visto que aquello tan pragmático de que «a veces Dios escribe con renglones torcidos» es verdad. Se piense lo que se piense sobre Dios. ¡Ah! Y si los partidos hicieran más caso a sus alcaldes, los presupuestos catalanes ya estarían aprobados. Aunque, en esto, Puigdemont no habría hecho de casamentero.

Tracking Pixel Contents