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Opinión | Al lío

José Carneiro

José Carneiro

Subdirector de Faro de Vigo

‘Likes’ envenenados: el verdadero despiste de los padres

Una joven con un móvil.

Una joven con un móvil. / EFE

¡Con 13 años y al volante! Sin duda, una de las noticias más leídas de la semana: la de un chaval de Vigo que, en un descuido de su madre —que alega que dejó el coche con el motor en marcha mientras iba a recoger una compra, con el niño en el asiento del acompañante—, decidió ocupar el puesto de piloto y emprender la marcha. Menos mal que un policía local fuera de servicio se percató de lo que ocurría y avisó de inmediato a sus compañeros, por lo que todo quedó en un susto. Una imprudencia, una chiquillada y un mal trago.

Tampoco hay que ensañarse con esa madre, que se habrá llevado el susto de su vida, ni con su hijo, porque… ¿quién no ha hecho algo parecido de crío? Echo la vista atrás y recuerdo cosas que hacía yo con esa edad que hoy ni de broma le permitiría a mis hijos, y que, sin embargo, para mis padres eran de lo más normal. ¿Ejemplos? Ya que hablamos de ruedas: conducir el chimpín del abuelo, cargado hasta arriba de capazos de uva, piedras cuando tocaba arreglar un muro, hierba o madera para cortar.

El chimpín, sí, pero también el vespino de mi padre. Y el coche… igual no con 13, pero con 16 no diré que alguna escapada en solitario no cayó también; eso sí, por caminos secundarios, no por el centro de la ciudad.

Con 13 años, mi primo César y yo, todos los sábados por la mañana, nos ganábamos 500 pesetas limpiando el taller del ferreiro de Sabarís. No sé si han entrado alguna vez en una herrería de las de antes, pero aquello era todo hollín, esquirlas, restos de chapa que cortan como cuchillos, botes de pintura vacíos, maquinaria, cables… Nada de peligro, vamos. Pues así cada fin de semana: venga a recoger, a ordenar y a barrer, sin mascarilla. Todo muy sano.

Y otro clásico, hoy imposible: jugar al fútbol en la calle, pendientes por si venía un coche y había que apartarse. Y ya paso por alto la etapa —también por esa edad— de montar casetas por el monte, pelearte con los del barrio de al lado al estilo Braveheart por cualquier chorrada… Y las carabinas de aire comprimido, o como las llamábamos entonces: «escopetas de balines». Media infancia apuntando a latas y a lo que cuadrase.

En fin: ¿dejaré que mis hijos se expongan a tales peligros? Ya les digo que no. Los ochenta y los noventa fueron muy bravos, sí, pero eso no significa que ahora todo sea más seguro. Solo es distinto.

Hoy, en cambio, los riesgos se han mudado al bolsillo. Un chaval de 13 años ya no necesita robarle las llaves al abuelo para meterse en un lío gordo: le basta con el móvil que lleva encima. Redes sociales, TikTok, Instagram, Snapchatson el nuevo coche sin frenos, pero sin límite de velocidad y sin posibilidad de parar a tiempo.

La madre de Vigo se despistó cinco minutos y el crío cogió el volante. Hoy muchas madres y padres nos despistamos años enteros pensando que «solo está en el móvil» o «chateando con amigos», mientras el algoritmo les va moldeando la cabeza, les roba horas de sueño y les vende una idea venenosa: que valen lo que valen sus likes.

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