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Opinión | La tribuna

Máquinas de tejer con IA

El reto de la inteligencia artificial radica en combinar la tecnología con saber integrarla con conocimiento y oficio

Algo grande está sucediendo. Así se titula un artículo sobre el impacto social de la IA, que ha alcanzado una enorme viralidad estos días en las redes sociales (que no todo es basura, aunque a menudo lo parezca). Lo firma Matt Schumer (emprendedor tecnológico y CEO de HyperWrite, un asistente de escritura impulsado por IA que se usa para generar, editar, reescribir y resumir textos), y argumenta que nos encontramos en un punto de inflexión histórico a causa de la fase de progreso exponencial en la que ha entrado el desarrollo de la inteligencia artificial.

Con la autoridad que le da el hecho de dedicarse a la IA, sostiene que los modelos más recientes de esta tecnología ya no solo ayudan, sino que pueden ejecutar tareas complejas de principio a fin —como programar software, investigar, analizar información o redactar documentos— con muy poca supervisión humana. La clave es que la IA contribuye a mejorar y desarrollar nuevas versiones de sí misma, lo que acelera exponencialmente el ritmo del cambio. La consecuencia, según Schumer, es que cualquier empleo que se realice frente a una pantalla es susceptible de automatización, especialmente los trabajos administrativos, técnicos y creativos. Su tesis es que esta transformación será profunda y rápida, con un impacto potencialmente mayor que otras disrupciones.

El artículo de Schumer ha tenido gran repercusión y pasa de timeline en timeline no solo por su solidez argumentativa (que la tiene y da que pensar), sino porque a quienes no son expertos en IA, no la usan o no pasan de ser usuarios básicos les despierta una motivación infalible para generar interés: el miedo.

El último Estudio de Tendencias Informativas que elabora Prensa Ibérica, con la colaboración de LLYC, destaca que en la conversación ciudadana sobre la IA conviven con intensidad similar dos argumentos: el miedo y la oportunidad. Más allá de los memes sobre Terminator, los vídeos falsos y la funcionalidad de hacer deberes a los estudiantes de secundaria, la IA es vista con mucho temor en aquellas profesiones en las que la automatización no reinaba: las creativas.

Al otro lado de la conversación, quienes creen que la IA es una oportunidad sostienen que será el miedo a la inteligencia artificial el que arruine puestos de trabajo. El relato catastrófico sobre la IA, defienden, nubla la capacidad de ver las oportunidades reales que la tecnología abre y coarta la innovación. Hay argumentos sólidos y ponderados en el campo del miedo y en el de la oportunidad, pero también mucho apocalíptico y naíf: al pesimismo y al miedo a la IA se les opone, en el otro extremo, no ya el optimismo, sino una suerte de pensamiento mágico.

Varios artículos responden al de Schumer en esta conversación virtual. Uno de ellos lo firma Connor Boyack, autor y divulgador estadounidense, que defiende que la IA creará nuevos puestos de trabajo. En su texto, Lo que se ve y lo que no se ve, combate el miedo a la tecnología y cita ejemplos similares en la historia, como el de la máquina de tejer. El inglés William Lee la inventó en 1589, pero la reina Isabel I rechazó concederle la patente porque temía que arruinara a los tejedores manuales. Lee murió en la pobreza, pero la tecnología sobrevivió y la industria textil inglesa creció, impulsando la Revolución Industrial y creando nuevas industrias y empleos.

Entre el pánico y la fantasía con la IA debería caber la prudencia, la curiosidad, la capacidad de adaptación y la mentalidad abierta a probar nuevos caminos. Tan pernicioso puede ser el miedo y el rechazo como la creencia de que la IA es una varita mágica que solucionará todos los problemas. Se parece a la imprenta o a internet: cambia procesos, cuestiona rutinas y obliga a revisar roles, aportaciones y valor añadido. Eso sí, a lo grande, según empezamos a entender.

Quien se niega a tocar estas herramientas se condena a trabajar en desventaja frente a quienes sí las incorporan con criterio. Pero el pensamiento mágico en torno a la IA genera expectativas imposibles que abren la puerta a la frustración. La alternativa pasa por asumir que la IA exige criterio, supervisión y ética, y solo despliega su potencial cuando se combina con trabajo riguroso y conocimiento del oficio. En resumen: expertos tejedores trabajando con máquinas de tejer.

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