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Opinión | Editorial

Freno al maltrato de Renfe a Vigo

Viajeros en la estación de tren de Vigo-Guixar durante la segunda jornada de huelga

Viajeros en la estación de tren de Vigo-Guixar durante la segunda jornada de huelga / Marta G. Brea

En la gestión de lo público solo hay algo peor que la negligencia sistemática, un pecado mayor que en cualquier Estado moderno debería inhabilitar al administrador de por vida, y es cuando a aquella se le suma el desprecio al ciudadano. Porque la falta de respeto a quien te paga y a quien te has comprometido a servir es la muestra más palmaria de indiferencia e indolencia. Renfe ha actuado así en la última semana con Vigo y, por extensión, el sur de Galicia. El trato dispensado por la compañía pública a los vigueses ha sido intolerable. Los usuarios se han sentido abandonados y despreciados y con la sensación de que se les ha mentido de forma sistemática. Que se les ha ocultado información. Que se han burlado de ellos. Y, por si todo esto fuera poco, que no tendrá ninguna consecuencia. Que nadie, porque este rincón de la Península no forma parte de sus prioridades, tomará nota y, nos tememos, que el caso podría volver a producirse.

En la tarde del pasado miércoles 4, cientos de viajeros del área de Vigo recibieron un escueto mensaje en su teléfono móvil de Renfe. En él se informaba de que por «las condiciones meteorológicas adversas», se cancelaban todos los trenes entre Vigo y Santiago de Compostela. La inminencia de la borrasca Leonardo, una más de la decena que en los últimos meses ha barrido nuestra comunidad, justificaría una decisión histórica, nunca tomada antes por la compañía. Renfe cerraba así la estación de Urzáiz y dejaba tirados a miles de viajeros. Exactamente así: tirados. Porque en su mensaje la compañía añadía una coletilla inadmisible: «por el mismo motivo no se dispone de plan de transporte alternativo por carretera». ¿Por el mismo motivo? ¿Qué tendría que ver la borrasca, anunciada con mucho tiempo de antelación por los servicios de meteorología, con la ausencia de una alternativa de autobuses para los viajeros que habían planeado viajar a Pontevedra o Santiago? ¿Es que acaso también se habían cortado las carreteras y la autopista? ¿Es que ese día no iban a circular otros autobuses? ¿Es que toda la actividad económica, social, cultural, educativa, de ocio… de Galicia había quedado suspendida por una borrasca supuestamente apocalíptica? ¿Es que se vaciaron las calles y nuestros gobernantes dieron orden a los ciudadanos de encerrarse en sus casas hasta nueva orden?...

Pero Renfe, en lugar de recapacitar y corregir su grave error inicial, ha persistido desde el jueves 5 de febrero en el maltrato a los ciudadanos. Porque parapetada en un supuesto riesgo de inundaciones ha mantenido su castigo a los viajeros, decenas de miles, que durante varios días han visto cómo la estación ha estado cerrada a cal y canto sin que supiesen muy bien por qué. O, para ser rigurosos, sin tener ni idea de cuáles eran las causas reales y sin que la compañía pública les ofreciese un plan b. Los usuarios han tenido que buscarse la vida ante la ausencia de señales —150 trenes cancelados— y de la menor empatía del operador. Porque la petición ciudadana de un servicio de autobuses, exigida desde el primer día por el alcalde de Vigo, Abel Caballero, quedó en el olvido.

Lo más sorprendente de este asunto, lo que aviva las sospechas, es que el supuesto riesgo de inundación alegado por Renfe no fue compartido por Adif, el gestor de las infraestructuras ferroviarias, es decir, el que debe velar por el estado de las vías. Un portavoz de Adif aseguró a FARO que no había «ningún punto en la infraestructura que esté dañado e impida circular». Más claro, imposible. Casi 48 horas más tarde, cuando el escándalo era mayúsculo, Adif encontró dos incidencias, una entre Barbantes y Ourense, línea que no afecta al tramo Vigo-Santiago, y otra en la zona de Vilagarcía. Esos dos percances, en un cambio de postura radical del gestor, brotaron de repente —junto a una singular alerta roja por «alta probabilidad de inundaciones repentinas» del European Centre for Medium-Range Weather Forecasts— para justificar un cerrojazo inédito.

Durante varios días FARO intentó conocer detalles sobre esos supuestos riesgos en la vía de inundaciones o desprendimiento de tierras. En dónde estaban exactamente localizados, cuál era la gravedad de los mismos, cuántos operarios estaban trabajando para recomponer la infraestructura, y cuántos días estimaba Adif-Renfe, ya con sus discursos alineados, que se tardaría en devolver el servicio a la normalidad. No hubo respuesta. Nada. El silencio más absoluto e impenetrable. Ni Adif ni Renfe recurrieron a las redes sociales, como suele suceder con otro tipo de contingencias que alteran el normal funcionamiento del servicio, para ofrecer la mínima información. Su único mensaje fue que el tráfico seguía suspendido y no había un plazo para la reapertura de la estación. Si la situación era impresentable y el maltrato a los viajeros intolerable, el hecho de que varias compañías privadas que portaban mercancías circulasen por la vía con aparente normalidad exacerbó aún más los ánimos y alimentó la indignación.

Como hemos censurado en este mismo espacio editorial, el trato de los gestores públicos a Vigo en materia ferroviaria es históricamente injusto y discriminatorio. La ausencia de una línea de Alta Velocidad que conecte de forma directa con Ourense para llegar hasta Madrid es el epítome de ese desprecio sistemático hacia las demandas y necesidades de un territorio de un millón de habitantes, capitaneado por la ciudad más poblada de todo el Noroeste español. Verse obligado a dar un rodeo en tren de 200 kilómetros (vía Santiago de Compostela) para cubrir una distancia de 90 kilómetros es una burla, un sinsentido, una vergüenza. En FARO lo hemos denunciado de forma incansable y lo seguiremos haciendo. Que pierdan toda esperanza quienes crean que nos vamos a cansar.

Sin embargo, era difícil de prever que esa indiferencia, ese desprecio, esa ausencia de la menor empatía a todo un territorio llegase a tal grado de incompetencia. Cerrar a cal y canto la estación de la mayor ciudad de Galicia, con los innumerables perjuicios que han supuesto para decenas de miles de personas, negarse a ofrecer explicaciones mínimamente aceptables, no ofrecer un transporte alternativo… Difícilmente se pueden hacer las cosas peor. Con gestiones como las sufridas en los últimos días en Vigo y su área se comprende perfectamente la indignación social por el lamentable deterioro del servicio ferroviario y, sobre todo, con la penosa incapacidad de las personas que están al frente. Si es que de verdad hay alguien.

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