Opinión
Llorar al ‘Post’ sin leerlo
Entre las miles de lamentaciones que llevo escuchadas durante una semana por el despedazamiento del Washington Post en las garras de Jeff Bezos, ninguna pertenece a un suscriptor del periódico definido por el Watergate, tengo que revisar mi carnet de amistades. La nostalgia desatada por el entierro anticipado del mítico diario recuerda demasiado a la muerte de un familiar al que no hemos visitado en mucho tiempo. A continuación «olvidaremos a la tieta», como presagia Serrat en una de sus mejores canciones.
Bezos no ha creado un mundo en que los tacones de Melania Trump despiertan mayor interés que el Washington Post, aunque obra en consecuencia al centrar sus intereses mercantiles en la protección de la Sagrada Familia de la Casa Blanca. Y por si alguien se pregunta quién inventó la primera sección periodística de Estilo/Style, que obliga a tratar en profundidad los enfrentamientos de la familia de David Beckham, fue el mismo Ben Bradlee que timoneó desde la dirección del Post la demolición de Nixon a cargo de Bob Woodward y Carl Bernstein. Y desde luego que la validación de las partes blandas de la actualidad supera en importancia al Watergate.
El colmo de llorar la desaparición del Washington Post en cocodrilo consiste en expresar las condolencias a través de X, como un esclavo de Elon Musk. Es innecesario leer el esclarecedor Los irresponsables, la cumplida venganza que se toma Sarah Wynn-Williams de su jefe Mark Zuckerberg, para concluir que los señores tecnofeudales no desean exterminar a los periódicos de papel, sino a la prensa en cualquiera de sus manifestaciones arbóreas o digitales.
La aceptación de la expresión legacy media, o medios más enterrados que la tieta de Serrat, remata el sarcasmo autoinfligido. La puñalada al Post, desde el cinismo de que sobrevivirá desangrado, recuerda que ninguna institución puede refugiarse en su papel simbólico, literalmente en este caso. Solo hay una receta infalible para salvar la prensa. Leerla.
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