Opinión | Al lío

Subdirector de Faro de Vigo
Bajo la alfombra del tren: las lecciones del cerrojazo en Vigo

Primeros viajeros en la estación de Vialia después de tres días sin trenes. / Alba Villar
Una semana después del caos ferroviario que dejó a Vigo incomunicado, el silencio oficial sigue siendo ensordecedor. Le tocó a «Leonardo», sí, pero a estas alturas el nombre de la borrasca es casi un detalle literario: podría llamarse igual «Excusa» o «Protocolo inexistente». Porque lo que ocurrió fue eso: el paraguas perfecto para que Renfe cortara el tráfico ferroviario desde y hacia la ciudad. Alerta amarilla por lluvias, alegaban, pero lo que cayó de verdad fue un diluvio de cancelaciones: más de un centenar de servicios suprimidos de entrada, prolongados hasta el viernes, luego al sábado y, finalmente, casi 72 horas de parálisis total. Vigo y provincia, con casi un millón de habitantes, se convirtió en una isla ferroviaria mientras el resto de Galicia observaba con una mezcla de empatía… y alivio por no ser el epicentro del desaguisado.
Desde FARO hemos informado e intentado aclarar este episodio —que se lo digan a Víctor Currás y compañía—, destapando cómo Renfe decidió unilateralmente suspenderlo todo pese a que Adif, gestor de las vías, sostenía que no había daños estructurales ni impedimentos objetivos. «Alta probabilidad de inundaciones repentinas», argumentaba la operadora, chocando frontalmente con los criterios de Adif e incluso de la Xunta. ¿Prudencia extrema o parálisis preventiva por miedo a responsabilidades? La pregunta flota en el aire como un vagón sin locomotora. Mientras, los viajeros se apilaban en Urzáiz y Guixar, con estaciones que por momentos parecían el decorado de una película postapocalíptica: maletas, pantallas en rojo y gente intentando descifrar si su tren era una realidad o un mito.
Impacto
El impacto fue demoledor. Miles de vigueses perdieron conexiones laborales, citas médicas, reencuentros familiares. La hostelería y el comercio notaron el bajón en un fin de semana que prometía movimiento. Hasta Sogama tuvo que improvisar 19 tráileres para trasladar residuos, porque el corte afectó incluso a la basura. Y lo peor: cero alternativas reales. Renfe no fletó autobuses en Media Distancia, alegando «imposibilidad» por el temporal en carretera. ¿En serio? Autovías y aeropuertos siguieron operando, con dificultades vale, pero operando. En otros países —o, sin ir más lejos, en corredores centrales de España— un plan B se activa ipso facto, como hemos visto con Rodalies de Cataluña o en Andalucía. Aquí, en el finis terrae gallego, parece que basta con un tuit de disculpas y a otra cosa.
¿Dónde están las explicaciones? Ha pasado una semana y ni Renfe ni Adif han ofrecido una rueda de prensa digna de ese nombre. Nadie asume nada: ni por la decisión discutible, ni por la falta de protocolos ante temporales previsibles —que en Galicia son pan nuestro de cada invierno—. Y por si este corte no fuese suficiente, los usuarios del tren han visto cómo esta semana la huelga de maquinistas dejaba un reguero de nuevas cancelaciones, retrasos y hasta el cierre de los despachos de billetes en Guixar y Vialia, como si estuviésemos —otra vez— en pleno confinamiento. «Semana horribilis» para el ferrocarril, que no hace más que acumular desconfianza social.
En fin: otro escándalo listo para barrer bajo la alfombra del tren. Pero convendría ir cambiando de escoba, porque el montón ya es montaña. Vigo no pide milagros: pide un servicio mínimamente serio, un plan de contingencia que no dependa del nombre de la borrasca y una explicación que no llegue cuando ya se nos ha pasado el cabreo por cansancio. Si la respuesta institucional va a ser siempre la misma —cortar, callar y esperar a que escampe—, al menos que lo digan claro y nos ahorran la pantomima. Porque lo único peor que quedarse tirado es que, encima, te traten como si no hubieses visto lo que pasó. Y lo vimos: Vigo no se quedó sin tren por la lluvia. Se quedó sin tren por una decisión. Y eso, en democracia y con billete pagado, merece algo más que silencio.
Cambio climático
Y si todo esto es, como se nos repite cada vez con más convicción, una consecuencia directa del cambio climático, igual va siendo hora de repensar de verdad cómo se gestiona el ferrocarril en situaciones extremas. El pasado verano, sin ir más lejos, los incendios de sexta generación dejaron diez días fuera de juego la línea de Alta Velocidad: no había condiciones para circular y, lo más inquietante, nadie sabía cuándo se podría reabrir. Vale. Lo compramos: era algo nunca visto. Pero incluso en lo extraordinario se agradece lo básico: información clara y honesta. Bastaba con que dijeran «hoy, en todo el día, nada» y nos ahorrasen la tortura colectiva de estar haciendo F5 en las webs, como si el tren fuese a reaparecer por arte de magia a base de refrescar pantallas. Porque lo realmente desesperante no es que te cancelen: es que te dejen colgado, desinformado y esperando, como si el tiempo —el meteorológico y el otro— no valiera también para quienes viajan.
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