Opinión
Josep Maria Fonalleras
El «Gran Tazón»
No es la primera vez que la música latina (por decirlo en términos muy genéricos) triunfa más allá de la comunidad que la siente como propia, como un rasgo distintivo, quizás el que más, de la identidad cultural. El primero que la supo colocar en el mercado norteamericano fue Xavier Cugat, con una mezcla de sabiduría musical (que la tenía) y una gran capacidad como relaciones públicas y una innata vocación por el espectáculo, asumiendo el tópico tropical como bandera. En un tono más reposado, más cerca de la modernidad, la bossa nova, revestida de jazz, también encontró su sitio en Estados Unidos. De la mano de Stan Getz y Charlie Byrd, el álbum Jazz Samba, con temas de Antônio Carlos Jobim, ganó hace 60 años el Grammy a la mejor pieza de jazz. Y podríamos hablar de muchos más, con mayor o menor fidelidad a los orígenes o con una adecuación dudosa a los gustos musicales mayoritarios, desde el son y la rumba cubana hasta Shakira o Gloria Estefan, pasando, por supuesto, por el estallido momentáneo de la salsa. Me quedo con un musical concebido por el puertorriqueño Lin-Manuel Miranda (el de Hamilton), que en 2008 ganó un Tony y que cuenta la historia de emigrantes dominicanos en el barrio de Washington Heights de Nueva York. En In the Heights, con un cierto aire del West Side Story de Leonard Bernstein (una relectura clásica de la música popular), nos encontramos ante una reivindicación de la identidad latina (como un baile de carnaval donde se juntan todas las nacionalidades del continente), pero también la idea de permanecer integrados en la fascinación de la gran urbe, a partir de la voluntad individual concentrada en el lema que practica la matriarca del clan: «Paciencia y fe».
Estos inmigrantes sueñan con el regreso al paraíso caribeño, pero ya no quieren irse de Nueva York. Es, en cierto modo, lo mismo que dijo Bad Bunny en el grito inflamado al final de su actuación en la SuperBowl («el espectáculo de medio tiempo del Gran Tazón»): «Seguimos aquí». Sin embargo, esta vez sin la «paciencia» de aquella mujer resignada y con la urgencia de una actitud combativa inexcusable.
Musicalmente, de la ya famosa, histórica, performance de Benito Antonio Martínez Ocasio, me quedo con el combo que acompañó a Lady Gaga en la versión salsera de Die With a Smile (y con Lady Gaga, por supuesto) y con la fastuosa puesta en escena de todo el espectáculo, un casi plano-secuencia que tenía de todo (¡incluso una boda real en directo!) y en el que me sobró el twerking y el reguetón, marcas, ¡por Dios!, de la casa.
Fue un show con evidentes connotaciones políticas, «una ofensa a la grandeza estadounidense», según Trump, pero sobre todo fue una función única, abracadabrante y majestuosa. Corre por las redes una grabación acelerada del montaje del barrio puertorriqueño. Es fascinante, sobre todo el momento en que entran los figurantes disfrazados de arbustos para recrear un jardín, como si fueran los soldados que hacían que el bosque de Birnam avanzara, en la escena final de Macbeth. Cosas del diálogo intercultural.
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