Opinión | Crónicas galantes
España pierde velocidad y los ultras aceleran
Salvo Donald Trump y algunos latinochés, nadie discute razonablemente a estas alturas la ubicación de España dentro del primer mundo. Aunque el emperador americano la sitúe en el mismo pelotón que la India o Rusia, para la gente más o menos ilustrada este país cumple con todos los estándares de democracia, desarrollo y seguridad que exige la pertenencia a ese club. E incluso los excede.
Otra cosa es que España empiece a verse afectada por el virus de la lentitud, que hasta no hace mucho era rasgo exclusivo de su burocracia y de la justicia. Ahora afecta también a los trenes de alta velocidad y, peor aún que eso, al sistema sanitario que no para de engordar sus ya ilimitadas listas de espera.
De esta pérdida de velocidad y, por tanto, de eficiencia, se aprovechan los ultras que cuestionan la validez del sistema democrático. Hace un decenio o por ahí, la crisis económica propició que floreciesen los vendedores de crecepelo de la ultraizquierda encarnada en aquel momento por Podemos. Ahora se beneficia la ultraderecha de Vox desde el bando de enfrente, que en realidad es el mismo. Las dos tienen en común el prefijo ultra, que significa «más allá» (del sistema democrático, en este caso).
Valga como paradigma el caso de Aragón, de actualidad estos días. En el año 2015, el entonces emergente movimiento liderado por Pablo Iglesias obtuvo en las Cortes aragonesas catorce diputados, ahora reducidos a cero. Curiosamente —o más bien, no—, son también catorce los escaños cosechados por Vox en las elecciones del pasado domingo. Se trata de un simple relevo de siglas, que no de fondo.
Las causas de estas anomalías son diferentes, aunque solo en cuestión de detalle. A Podemos lo aupó la crisis financiera derivada del estallido de la burbuja inmobiliaria; y a Vox, la ineficiencia del Gobierno a la hora de gestionar los asuntos públicos. Como el de la vivienda, por cierto; aunque lo más llamativo sea el caso de los transportes y de la Sanidad.
Poco importa que la economía de los grandes números vaya bien si a la gente le toca lidiar a diario con los problemas de la salud, de la falta de vivienda o del caos ferroviario. De ahí sacan partido —nunca mejor dicho— los que explotan el cabreo del personal bajo la promesa de arreglarlo todo en dos patadas.
Algo habrán hecho mal los partidos tradicionales para que los antisistema sigan creciendo, unas veces por la izquierda y otras por la derecha. En Alemania, Francia o Portugal suelen ponerse de acuerdo cuando ven venir la bicha; pero lo cierto es que aquí pasan más tiempo tuiteándose zascas que atendiendo al negocio, Y luego pasa lo que pasa.
Por fortuna, los partidos extremos son como la gaseosa y bajan con la misma facilidad que suben. Confiemos, por tanto, en que la pérdida de velocidad del país no acabe en un frenazo en seco.
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