Opinión
Caen sus peones, y Starmer se tambalea
Caen uno tras otro los peones en los que se apoyaba el premier británico, el laborista Keir Starmer, y su sillón del número 10 de Downing Street se tambalea.
Primero fue Peter Mandelson, apodado «Príncipe de las Tinieblas», el intrigante político a quien Starmer debía sobre todo el cargo y al que hundió su acreditada estrecha relación con el depredador sexual Jeffrey Epstein.
Siguió su jefe de gabinete, Morgan McSweeney, a quien Starmer había consultado para nombrar a lord Mandelson, hoy despojado de su título nobiliario, embajador del Reino Unido en la capital estadounidense. Los documentos publicados sobre el caso Epstein revelan que en su etapa de ministro de Economía del también laborista Gordon Brown y en plena crisis financiera, Mandelson había además pasado información relevante al depredador e inversor judío estadounidense.
La siguiente dimisión fue la de Tim Allen, director de Comunicaciones de Starmer, que tenía también una estrecha relación con Mandelson y pertenecía al sector más derechista del Partido Laborista.
Allen era además lobista de varias empresas mientras ocupaba su puesto en el Gobierno sin que pareciera interesar ese evidente conflicto de intereses, como tampoco había importado nada en el caso aún más flagrante del ex ministro Mandelson.
Todos esos personajes, sobre todo Mandelson, habían sido determinantes en la derechización del Partido Laborista, iniciada con Tony Blair, en la posterior defenestración del represente de su ala izquierda, Jermy Corbyn, por claras presiones del lobby sionista, y en la purga de todos sus afines.
Preocupado por la caída del laborismo en la intención de voto ante las próximas elecciones escocesas —aparece tercero tras el Partido Nacionalista Escocés y Reform, el partido del Brexit— su líder en esa nación del Reino Unido, Anas Sarwar, ha hecho por su parte un llamamiento urgente a Starmer para que dimita.
·«No podemos permitir que el fracaso de Downing Street lleve al fracaso de Escocia», dijo Sarwar, a quien algunos acusan, sin embargo, de «oportunista» porque el año pasado se congratuló del nombramiento de Mandelson, al que consideraba un gran amigo, como embajador en Washington.
A algunos, este escándalo mayúsculo provocado por el irresponsable nombramiento como embajador de Mandelson recuerda a algunos, salvadas ciertamente las distancias, el llamado caso Profumo, que estalló en plena Guerra Fría.
Aquel escándalo de 1963 afectó al entonces ministro de la Guerra británico John Profumo, que había tenido una breve relación con una corista llamada Christine Keeler, quien a su vez había tenido encuentros íntimos con un espía soviético.
El escándalo forzó la salida de Profumo del Gobierno ‘tory’, causó a éste graves daños y llevó, algunos meses después, a la dimisión del primer ministro, Harold Macmillan por supuestos «problemas de salud».
Sir Keir Starmer por el momento no muestra la menor intención de dimitir en imitación de sus inmediatos colaboradores, y se siente arropado por los ministros de su gabinete aunque la mayoría de los observadores coinciden en que tiene los días contados.
Su viejo rival, Corbyn, al que sacó del liderazgo laborista con los métodos más sucios y la ayuda inestimable de los medios, se estará frotando las manos.
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