Opinión | las cuentas de la vida
Ante Auschwitz
Ninguna palabra puede reflejar el horror de un campo de exterminio
Cuando llegamos a Auschwitz, el tiempo era soleado y el aire de la mañana fresco. Había llovido por la noche y los charcos de agua moteaban los caminos de tierra. De camino, pasamos cerca de las casas de algunos jerarcas nazis y divisamos en la distancia la abadía benedictina de Tyniec. Es un lugar mágico, situado fuera del tiempo. Quise desviarme, pero nos esperaban en el Lager y no podíamos demorarnos mucho más. Cerca del aparcamiento, un cartel anunciaba en polaco una academia de artes marciales y otro publicitaba una cadena de hamburguesas. No hacía mucho que habíamos visto con los niños La zona de interés, de Jonathan Glazer, con sus ejemplos de disonancia cognitiva. Lo que sucedía dentro y fuera quedaba unido precisamente por la ausencia: los gritos de las víctimas suprimidos por una justicia inexistente, corrompida por el legalismo y por la coartada ideológica del odio. Es una película perturbadora, como el propio Auschwitz, ese icono oscuro del siglo XX cuya sombra perversa se cierne sobre toda la modernidad en los campos de exterminio y en la muerte industrial. Auschwitz es también un lugar privilegiado de la memoria.
Lo es gracias a la literatura, a las fotografías que se preservaron (pensemos en el álbum de Lili Jacob), a los miles de testimonios, a documentales tan inolvidables como Shoah, a este mismo campo convertido ahora en museo del horror y de la resistencia humana frente al mal. «Hemos decidido conscientemente recordar —se puede leer en el Álbum de Auschwitz—. Es una decisión basada en el compromiso adquirido de conservar la historia y la creatividad del pueblo judío, que fue escogido para ser aniquilado, junto a su cultura y sus valores. Todo aquel que decide recordar este capítulo de la historia y dotarlo de significado, elige luchar por la conservación de los pilares éticos que hacen posible la existencia de una sociedad ordenada. Es comprometerse a defender los derechos humanos, sobre todo, la libertad y el carácter sagrado de la vida y la posibilidad de vivir juntos en armonía».
La guía nos enseñó los puntos clave de la visita: «Aquí la orquesta interpretaba sus piezas; este era el lugar de la horca; aquí encerraron a Maximiliano Kolbe; aquí estaban las montañas de pelo, los dientes de oro y las latas de Zyklon B; aquí las cámaras de gas, los crematorios y las trituradoras de huesos». En el salmo 34 leemos que Yahveh guarda todos sus huesos y que ni uno de ellos será quebrantado. Allí se quebraron todos, uno a uno; solo la ceniza que se depositaba en el Vístula o en las tierras adyacentes fue lo que permaneció de aquellas vidas perdidas. El olvido era la respuesta del mal al clamor de la muerte.
Nada, sin embargo, conmueve tanto al visitante como el silencio denso y pesado del campo. En Birkenau, nos asomamos al país del horror. La soledad del paisaje, las letrinas alineadas, la vía del tren que se adentra en la oscuridad, los distintos barracones: la vida siempre, que allí perduraba como un anhelo y como una advertencia. En pocos sitios se hace más evidente la lucha definitiva entre el sentido y la sinrazón. Ninguna palabra puede reflejar lo que Auschwitz fue.
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