Opinión
Inercias económicas
Todos los indicadores que, en teoría al menos, deberían alimentar el voto de la izquierda están ahí. Precariedad laboral, encarecimiento de la vivienda, desigualdad creciente, crisis climática, sensación de pérdida de control sobre la propia vida. Si uno leyera manuales de ciencia política del siglo XX, concluiría que este es un escenario ideal para el auge de las fuerzas progresistas. Y, sin embargo, las encuestas y las elecciones en curso nos muestran una izquierda estancada o en retroceso.
La izquierda no se percibe, pues, como la fuerza que encarna una promesa de cambio, sino como parte del paisaje institucional. Para amplias capas de la población, especialmente jóvenes, la izquierda estaba ahí mientras mi alquiler subía y mi futuro se encogía. La izquierda tradicional, por otro lado, hablaba en términos de conflicto social y de intereses materiales. No es que los temas identitarios no importen, es que cuando se convierten en el eje del programa dejan fuera a quienes viven su malestar en clave económica. Resulta difícil sentirse interpelado por un discurso ajeno a la experiencia cotidiana.
Por si fuera poco, la derecha ha aprendido que el malestar no solo busca soluciones, busca relatos (cuanto más delirantes, mejor). Y la derecha, en España como en otros países, ha conseguido articular un relato emocionalmente simple y eficaz: alguien te ha robado algo que era tuyo —seguridad, identidad, prosperidad— y nosotros vamos a devolvértelo. La izquierda responde con complejidades técnicas o con apelaciones morales que no tienen en cuenta esa demanda de sentido. Promete protección frente a un mundo hostil, pero su gestión no altera las grandes inercias económicas. Cuando el discurso es transformador pero la vida sigue igual, o peor, se le deja de prestar atención.
Y está también el asunto del deseo. Durante mucho tiempo, la izquierda fue capaz de ofrecer una imagen de futuro mejor, más justa y más libre. Hoy, con frecuencia, parece ofrecer solo la gestión menos mala de un presente pésimo. Y eso no moviliza. La contradicción, entonces, no es tan misteriosa. La izquierda cae en un momento que le sería propicio porque ha dejado de representar, para muchos, el símbolo de una esperanza creíble.
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