Opinión | Le Fumoir
La guerra de Mercedes
La reciente polémica entre Uclés y Pérez-Reverte demuestra que, en España, en cuanto uno se descuida, reaparece la Guerra Civil a la vuelta de la esquina. Si Cristo está entre los pucheros, la guerra pervive en las radios, en los libros, en los simposios y en los mítines políticos. Se diría que esta nunca terminó, sino que se perpetúa por otros medios. Es «ese pasado que nunca pasa», al que se refiere Paco Cerdà. Empezó siendo una guerra entre hermanos y vecinos para terminar siendo otra por la memoria de los abuelos, quizá los seres más queridos en nuestra civilización. La pregunta es si algún día nos cansaremos de ello.
Hacer la guerra a golpe de pulgar es obviamente mucho mejor que hacerla en una trinchera en Belchite, lo que garantiza una cierta perpetuidad de estas nuevas dos Españas digitales. Hay tantas guerras civiles como familias hay en España. El relato de nuestros abuelos es el paradigma de cada una de ellas. «Mi» guerra civil fue la de mi abuela Mercedes, que murió con 93 años, y que fue mi notaria de ese episodio. Casi cada familia española la sufrió de un lado u otro. El caso de mi abuela, sin ser único, fue singular: la sufrió por los dos. Su historia da para una película.
A las pocas semanas del 18 de julio, en Madrid, donde vivía con su madre Úrsula, su hermana Goya y su hermano Alfredo, unos «milicianos» —como decía ella— vinieron a buscarlo, por ser católico y colaborador de Gil-Robles. Se lo llevaron para darle el tristemente famoso «paseo». Mi abuela conservaba como oro en paño el reloj del que se desprendió antes de que se lo llevaran. Alfredo se lo dio y le dijo «vuelvo en un rato», aunque sabía que no volvería nunca.
Tras el fusilamiento aquel 11 de agosto, la vida siguió triste en aquel Madrid del «No pasarán». Pasó lo más duro de los bombardeos en la capital, corriendo al refugio con un colchón a cuestas y una madre que había sobrevivido a su hijo y que ya no le encontraba demasiado sentido a vivir. No dejó de trabajar. Era funcionaria en «Aviación», como le gustaba decir con un ligero hiato en la segunda «i», donde, según contaba cuando le insistías en que desbloqueara aquellos recuerdos, chicas afiliadas a los sindicatos y a las que se había colocado en aquel ministerio la insultaban todos los días llamándole «la hermana del faccioso». Ella negó a su hermano tres veces, tres mil veces, por instinto de supervivencia, para luego llorarle en privado y pedir perdón a Dios por tal infamia. Era el único recuerdo que la conmovía.
En «Aviación» conoció a los ases del Plus Ultra y a un teniente-coronel de Intendencia, con el que se casaría en 1938. Siguiendo al Gobierno, se trasladaron de Madrid a Valencia, y más tarde a Barcelona, a medida que la línea de frente se iba encogiendo. Caída Barcelona, cruzaron la frontera a pie por Le Perthus, en aquel éxodo que fue epopeya, y, una vez cruzados, sufrieron a los soldados senegaleses y su maltrato en los campos del sur de Francia. Después de un periplo —que no he conseguido reconstruir— entre Bourg-Madame y San Juan de Luz, volvieron a España por Irún. Sabían que, como oficial del Ejército republicano, mi abuelo sería condenado e iría, por lo menos, a la cárcel, como así fue. Por lo que fuera, prefirieron jugársela a exiliarse.
Quizá porque había hecho la guerra de África, la condena fue más clemente de lo esperado, pero eso no le ahorró un tiempo en presidio, otro de trabajos forzados, ni la expulsión del Ejército. Eso le hundió en una depresión lenta que acabaría con su vida años después. Mi abuela siempre decía que «murió de pena», que es seguramente peor, para un militar, que morir fusilado.
Fue viuda cuarenta y cinco años. Pese a todo, jamás la oí hablar mal ni de los «hunos» ni de los «hotros» de los que hablaba Unamuno, ni recordar la guerra con heroicidad ni como el trauma que fue. Era la encarnación más próxima de la famosa divisa de Azaña: «Paz, piedad y perdón». Se refería a aquel tiempo infausto empezando las frases con «En guerra…», como si la barbarie fuera una fatalidad, un temporal al que había que sobrevivir, el envés de aquellos luminosos años 20 en los que bailaba el charlestón en el Círculo de Bellas Artes.
En la posguerra crio tres hijos con su magro salario de funcionaria, de los que dos fueron a la Universidad e hicieron carrera, y a los que tampoco oí nunca lamentarse de la vida de estrecheces que les tocó vivir. Ese espíritu de superación, que no es ni mucho menos exclusivo de mi familia, y esa generación tan olvidada de posguerra, forjaron una Transición y un país que hoy permite a la mía agitar frívolamente el 36 desde las redes sociales. A veces pienso que no somos acreedores de la paz que nuestros abuelos no tuvieron, ni del bienestar que nuestros padres nos han dejado.
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