Opinión
Disonancia de mensajes de Kiev y Moscú
Resulta muy difícil, por no decir imposible, saber cuál es el juego al que se dedican los Estados Unidos de Donald Trump en la interminable guerra por procuración de Ucrania.
Los mensajes que llegan últimamente de Kiev y Moscú sobre el comportamiento de Washington no pueden ser más disonantes, y en ello consiste tal vez el juego de la superpotencia.
Así, el presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, denunciaba el otro día un supuesto acuerdo de cooperación económica entre EE UU y Rusia para repartirse el botín en cuanto acabe el conflicto.
Según Zelenski, había señales de que ese acuerdo por un total de 12.000 millones de dólares podía afectar también a Ucrania, algo que Kiev en ningún caso estaría dispuesto a aceptar.
Esas declaraciones sobre un supuesto acuerdo entre Trump y Putin no se compadecen con otras del ministro ruso de Asuntos Exteriores, Serguéi Lavrov, en las que este se quejaba con nada disimulada irritación de la doblez del Gobierno de Washington.
Según declaró Lavrov a BRICS TV, el Gobierno de Donald Trump ha dado marcha atrás en lo acordado por los presidentes de los ambos países en la cumbre del pasado agosto en Anchorage (Alaska).
Lavrov afirmó que la propuesta de veintiocho puntos que salió de allí para intentar resolver el conflicto militar ucraniano era una propuesta de EE UU, que aceptó Moscú pero que Washington está, sin embargo, incumpliendo.
Resulta en realidad difícil saber todo lo allí acordaron Trump y Putin porque no se ha hecho público, pero el poco diplomático enojo del habitualmente moderado Lavrov es más que evidente.
Sus últimas declaraciones se aproximan a otras del más duro de los políticos rusos, el ex jefe de Estado y hoy vicepresidente del Consejo de Seguridad de la Federación, Dmitri Medvédev, quien nunca ha tenido pelos en la lengua para denunciar a Washington y a sus aliados europeos.
Según Lavrov, en Anchorage se sentaron las bases de un acuerdo entre Washington y Moscú, de las que el Gobierno de Donald Trump mientras tanto se ha alejado claramente.
En concreto se refirió, por ejemplo, a los ataques en aguas internacionales contra petroleros rusos, que violan claramente la libertad de navegación.
También dijo que Washington fuerza a los países europeos a comprar el gas natural licuado de EE UU a precios exorbitantes mientras trata de impedir que India y a otros compren libremente el gas ruso.
Y denunció las prohibiciones a las operaciones de los gigantes energéticos rusos Lukoil y Rosneft como totalmente contrarias a las reglas del comercio internacional.
En lugar de aflojar sus sanciones contra Rusia, EE UU las ha endurecido, criticó Lavrov, quien pareció sugerir que era una pérdida de tiempo que el enviado ruso, Kirill Dmitriev, siguiese reuniéndose con el de Trump, Steve Witcoff.
Estados Unidos no se ha reconciliado, según Lavrov, con el nuevo mundo multipolar, sino que sigue empeñado en mantener su hegemonía global.
La pregunta que hay que hacerse, y que se hacen hoy algunos observadores, es la de a quién dirigía sobre todo el ministro su denuncia del sucio juego de Washington: ¿era un mensaje a EE UU para intentar presionar a Trump?
¿O era, por el contrario, una advertencia a Putin, a quien Lavrov ha servido siempre con lealtad, pero al que cada vez más gente del propio Kremlin parece considera un iluso por seguir creyendo que se puede hacer algún negocio con alguien tan inconstante y rodeado de «halcones» como Trump? n
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