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Opinión | Al lío

José Carneiro

José Carneiro

Subdirector de Faro de Vigo

Cuando brilla el asfalto: la lección de Carlos Sainz en Vigo

Visita de Carlos Sainz a la planta de Balaídos, en 2017.

Visita de Carlos Sainz a la planta de Balaídos, en 2017. / Víctor Cameselle

Cada vez que circulo por autopista en un día de lluvia me acuerdo de Carlos Sainz senior, el original. No porque me sienta como un piloto del Dakar, cabalgando las dunas por un desierto desconocido —o, en mi caso, una pista de patinaje igual de peligrosa por momentos—, sino por las cuatro frases que intercambié con el famoso piloto español tras una visita a la planta de Stellantis en 2017 (por aquel entonces aún era Grupo PSA).

Sí, compartimos mesa y mantel y pude comprobar la cercanía, la sencillez y la perspicacia de un deportista consagrado con un círculo de amistades al más alto nivel, que bien podría haber pasado de los periodistas locales que lo acompañamos. Hablamos un poco de todo. Por supuesto, de coches, del Dakar (creo que pilotaba una versión del Peugeot 3008 que tengo aparcado en la acera), de política —ahí no presté demasiada atención— y… de asfalto.

No del asfalto sobre el que volaba en su etapa como piloto de rallies (inolvidable aquel «¡Trata de arrancarlo, Carlos, por Dios!» de Luis Moya, otrora su fiel escudero, cuando tenía su tercer título mundial a tiro), sino del que se usa hoy día en nuestras carreteras convencionales, autovías y autopistas. Con una conclusión clara: cada vez se escatima más en mantenimiento y se emplean materiales de peor calidad que convierten las calzadas (o las vías del tren, de las que ya hablaré), como dije antes, en auténticas pistas de patinaje. Sobre todo cuando llueve.

El truco para detectar un mal asfalto antes de perder el control del coche o la moto —me explicó— es fijarse en si brilla. Si lo hace, es que no drena el agua y entonces es la adherencia la que brilla por su ausencia, válgame la redundancia. Desde entonces, cada vez que veo un firme resplandeciente levanto aún más el pie del acelerador y me aferro al volante como si fuese a escapar. No exagero si digo que el consejo de Carlos Sainz páter me ha evitado unos cuantos sustos, los últimos en este inicio de año torrencial.

Le agradezco aquella clase magistral improvisada y me arrepiento de no haberle preguntado qué hace él cuando, en plena carrera, se topa con fochancas de tamaño industrial como las que ha denunciado en estas mismas páginas mi compañero Borja Melchor. Claro que en una prueba automovilística no vienen vehículos de frente. Imagino que me diría algo así como «aminora y asegúrate de que puedes esquivarlas sin ponerte a ti ni a los demás en peligro. ¡Ah, y llama al Concello o a Carreteras para que las reparen!». Puede que sea mucho imaginar, pero no creo que ande muy desencaminado.

Al final, uno acaba interiorizando esas pequeñas lecciones como si formaran parte del carné de conducir, aunque nunca hayan salido en el examen. Mirar el brillo del asfalto, desconfiar de lo que parece demasiado pulido, asumir que la carretera no siempre está de tu parte. No es paranoia: es experiencia ajena bien aprovechada. Y si esa experiencia viene de alguien que se juega el pellejo a más de 150 por hora sobre tierra, hielo o barro, conviene escucharla.

Lo triste es que hayamos normalizado conducir a la defensiva no por el tráfico, sino por el estado de las vías. Porque conducir no debería ser un ejercicio de supervivencia.

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