Opinión | Vértigo
No tocaba
El martes por la mañana, a eso de las nueve y veinte, estaba sentado ante el ordenador, escribiendo y observando cada poco una reproducción que tenía sobre la mesa de uno de esos cuadros típicos de Hendrick Avercamp que capturan una escena de hielo en un canal congelado de los Países Bajos, llena de decenas de personajes y detalles que vuelven la pintura una novela. De repente, sentí un mareo extrañísimo, como si estuviese en un barco, o de pie en un trozo de madera sobre el agua. El suelo de casa perdió de golpe toda su firmeza, se volvió algo parecido a una nube, o a lo mejor a una hipótesis, que no obstante no me dejaba caer más abajo; tan inseguro, pues, no era.
El mundo devino en esos segundos en un lugar sospechoso, ficticio, esquivo, como una persona a la que miras, para decirle hola, porque la conoces, y en lugar de devolverte el saludo te aparta la cara. Perdí control sobre el espacio. Mi cuerpo se volvió una especie de ola, un hielo sin pena ni gloria derritiéndose en una olla al fuego, operación que lo conduce inevitablemente a la desaparición. Fue tan real y novedoso y extraño lo que sentí en ese instante que temí que me estaba dando algo, y que debía aprovechar la lucidez que todavía conservaba para marcar el 062 y salvar mi vida. Pensé en un ictus, en un derrame cerebral, y en que se acababa una etapa, y que de golpe los buenos tiempos quedaban atrás. No pensé en la muerte, pero sí tuve miedo a desaparecer. «Me toca», me dije sin perder los papeles, y al decirme que me tocaba creo que construí el pensamiento de los amigos a los que le había tocado antes que a mí, y que la vida era una lista de futuros desaparecidos en la que ocupamos un lugar que no se nos revela hasta el último minuto.
Me levanté de la silla despacio, sin tener demasiado claro para qué, y hacia dónde iba a dirigirme con mi mareo. En casa estábamos mi hija y yo. Salí del estudio y caminé por el pasillo sin confianza en que la nube resistiese mi peso. No daba tumbos, no me torcía, pero sí experimentaba una ajena liviandad, que se traducía en ausencia absoluta de volumen. A lo mejor ya estaba muerto, me dio por pensar, con una mezcla de miedo y desinterés; desinterés por falta de fuerza. Encontré a Helena en el cuarto de baño, sentada en el suelo. Manejaba el cepillo de dientes eléctrico con una mano mientras sostenía el secador de pelo con la otra, apuntando a un pantalón que no había acabado de secarse durante la noche. Sentí el aleteo del absurdo. La escena me hizo pensar en el Simón de Buñuel, subido durante años a una columna en mitad del desierto.
Cuando me di cuenta, había recuperado el control. El episodio no duró más de un minuto. Y entonces la realidad recuperó rigidez. También el miedo a desaparecer se extinguió. No me tocaba. Me quedé, sin embargo, con la duda. Qué era eso que me había visitado. Escribí a Mercedes, mi médica de cabecera, que apuntó a un vértigo posicional benigno de autorresolución inmediata. Algo sin demasiada importancia, en lo que ahora no puedo dejar de pensar, como si no hubiese nada más importante. Es decir, lo de siempre.
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