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Opinión

José Carneiro

José Carneiro

Subdirector de Faro de Vigo

La ruleta rusa climática

Infografía del patio cubierto del colegio de O Areal, en Sabarís, que sigue sin ejecutarse.

Infografía del patio cubierto del colegio de O Areal, en Sabarís, que sigue sin ejecutarse. / FDV

«Están que se suben por las paredes». No paro de oír esta frase. Al llevar a los críos al cole, cuando los recojo; por la calle, en la cola de la panadería, en las terrazas (cubiertas)… Y todo por culpa de esta anomalía meteorológica que nos azota desde principios de año, sin apenas tregua. Chove sobre mollado.

Los que se encaraman a cualquier cosa son los niños, obvio. Bien lo saben las mamás y los papás y, sobre todo, los profes, benditos ellos. Mucho tiempo —demasiado— sin parque, sin recreos al aire libre, a base de experiencias bajo techo… y claro, toda esa tensión, por algún lado tiene que salir. Menos mal que ya se atisba el Entroido a la vuelta de la esquina.

Si este nuevo Mordor que estamos sufriendo afecta —psicológicamente— a los adultos, como bien explica hoy mi compañera Patricia Casteleiro, a los más pequeños, aunque se adapten con mucha más facilidad que nosotros a los cambios, también les pasa factura. Por eso, viviendo en esta tierra nuestra, y sobre todo ahora que el cambio climático parece haberse cargado las estaciones intermedias —pasamos directamente del verano al invierno—, no entiendo que el 99% de los parques infantiles no tengan una parte a cubierto. No tiene sentido, ¿verdad? Aunque, por no tener, muchísimos tampoco tienen sombra. Así que no es solo que medio invierno estén impracticables por la lluvia: es que en verano los niños se torran.

Estaría bien que estos dos factores, tan extraños para los gallegos (nótese la ironía), como son la lluvia y el sol, se tuvieran en cuenta a la hora de proyectar nuevos parques infantiles. Al alcalde de Vigo, Abel Caballero, se lo planteamos Borja Melchor y servidor en la entrevista que le hicimos hace dos domingos y nos dijo que lo estudiará. Espero que fuese en serio y que el ejemplo se extienda a otros concellos del área y de toda Galicia, ya puestos.

Pero si ya resulta incomprensible que haya parques sin zonas de resguardo o, directamente, sin sombra, es del todo increíble que a día de hoy sigamos teniendo colegios o institutos sin patios cubiertos. De verdad, ¿es que nos gusta ver sufrir a los niños? No me imagino cómo hará el profesorado para mantener a las fieras tranquilas —en la medida de lo posible— después de un mes seguido de precipitaciones. Se merecen el Nobel de la Paz. Y, como ejemplo —aunque hay muchos más—, la escuela infantil de O Areal, en Sabarís. No sé a qué están esperando el Concello y la Consellería de Educación para tomar cartas en el asunto y recuperar un proyecto que parece gafado. Antes de que la caída de la natalidad haga innecesaria la obra.

En fin, ya está bien de seguir improvisando soluciones de última hora o de esperar a que los críos se conviertan en monos trepadores por culpa de un tiempo que parece haberse vuelto loco. Es hora de que los responsables dejen de marear la perdiz y empiecen a construir, de una vez, espacios decentes: con techos que protejan de la lluvia eterna y sombras que eviten que los peques se achicharren en cuanto asome el sol. Porque si no, seguiremos oyendo eso de «están que se suben por las paredes» no solo en febrero, sino todo el santo año.

Y los niños, los profes y los padres merecemos algo mejor que esta ruleta rusa climática. Venga: manos a la obra, antes de que pase el Entroido y volvamos a empezar de cero con el mismo cuento.

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